martes, 11 de marzo de 2014

Bosquejo de una Etnología de la Provincia de Río Negro (1985) [PARTE I]

Textos Ameghinianos, Biblioteca de la Fundación Ameghino, Viedma.




I. Introducción. El Escenario

   Los informes de los antropólogos –arqueólogos para el caso- suelen estar precedidos de un capítulo más o menos extenso de carácter geográfico: clima, flora, fauna, fisiografía… Como el enfoque es actualista y por lo general pierde de vista al destinatario, es decir al indígena, dicho capítulo resulta por lo general perfectamente inútil.
   Tratando de no repetir tal error, me propongo encarar desde el comienzo el abordaje del escenario en estudio en función del hombre; dicho de otro modo, étnica, con el enfoque del etnólogo. Desde este punto de vista y en conocimiento, a través de la información arqueológica y etnohistórica, de la ausencia de culturas de cultivadores de aquél (1), salta a la vista que sus actores, cazadores, recolectores y pescadores –con énfasis diverso en cada uno de estos elementos, o más de uno, según las regiones y las épocas-, (1) fueron nómadas; (2) pedestres y/o navegantes. Y que por ende (3) encontraron en el clima, el agua (mar, ríos, lagos), los bosques cordilleranos y la Cordillera misma, ya aliados y aun vehículos de penetración franca, ya filtros de variable carácter, según lo salvado entre guiones más atrás, es decir el carácter de cada una de las etnías.
   En seguida veremos qué papel jugaron los rasgos geográficos fundamentales en tal función de condicionantes de dispersión, en el ámbito pampeano-patagónico en análisis, pero no hace falta entrar en materia para admitir que, si hay que contar con nómadas terrestres, la unidad territorial étnica (continental) no puede coincidir con las actuales fronteras del a provincia de Río Negro (2). O mejor dicho, con sus límites boreal y austral, como es sabido trazados teóricamente desde Buenos Aires, en coincidencia éste con un determinado paralelo (el 42) y sin ninguna otra consideración, geopolítica o poblacional.
   En efecto, con aquella óptica, es el río Negro, la gran vía de agua, la divisoria natural de las etnías continentales; para nuestro ejemplo, desde luego con su continuación en el Limay. Constituiría así el límite boreal natural de la dispersión de la primera gran etnía continental patagónica stricto sensu (3), si se avanza de norte a sur; y el austral, del mismo modo el río Chubut.
   El Colorado debió, por su parte, obrar como límite septentrional de otra entidad continental –supuesto que la haya habido estable en esa franja interfluvial tan aparentemente inhóspita (4).
   Es curioso que algo tan básico para el etnólogo como lo señalado no sólo no haya sido advertido por los investigadores que se ocupan con el tema (5), sino que, por el contrario, pudiera ser invertido prácticamente, para sobreestimar el papel de los ríos (cuencas) y llegar a subestimar los interfluvios (6).
   En cuanto al clima –siempre con enfoque etnológico-, hay que considerar en sus variables prioritariamente dos aspectos: uno, cronológico, ya que las variaciones han de haber sido notables, hasta impresionantes (7); el otro étnico, racio-cultural diré. Ignoro si los láguidos, que –como veremos- llegaron desde el norte a la Patagonia y recorrieron su costa hasta una latitud avanzada, fueron atajados en su marcha por una barrera climática (¿temperatura?) (8), además de meramente étnica (guerra, mezcla, hasta su desaparición natural). Pero en cambio sé que no fueron detenidos (lo que igualmente vale para los fuéguidos) a lo largo del litoral de Río Negro o Chubut por la aparente escasez de agua potable (9); y sé también que los grupos de cazadores continentales que se movían en el área centro-este, es decir a caballo del paralelo 42, en el interfluvio delimitado más atrás, se desplazaban para invernar, huyendo del río, a la zona del actual Maquinchao, en donde hace pocos años pude comprobar que el termómetro llegaba a registrar una temperatura de ¡30° centígrados bajo cero! (10).
   Es evidente, pues, que lo importante no eran la temperatura o la aridez por sí mismas, sino –para el caso de los cazadores, pertenecientes como vimos a un elemento racial, el pámpido, perfectamente adaptado- si ellas eran compatibles con la gran caza. Antes de ahondar en estos aspectos para demostrar que efectivamente así era, o mejor todavía que tales variables eran óptimas (para el guanaco y el avestruz), vaya como corolario pues la observación de que el clima óptimo para una determinada etnía es aquel que posibilita al máximo, por un lado el rendimiento físico de los beneficiarios de la cultura de tal etnía, y por el otro la generación de los recursos suficientes para su desenvolvimiento (11).
   Y ya que de recursos se trata, echemos ahora sí un vistazo al a fisiografía del escenario, su geología, flora y fauna, en función de los recursos disponibles para la economía de las aludidas etnías de cazadores, pescadores y recolectores.
   El desplazamiento a lo largo del litoral –en la porción de nuestro interés fue facilitado, para los pescadores y recolectores (embarcados o pedestres) por una costa accesible, en la que alternan con periodicidad las playas con los acantilados y aun los puertos o refugios aptos para pequeñas embarcaciones, con agua dulce suficiente, según veremos; y el ingreso al interior del continente, por amplias vías navegables: el Colorado, el Negro y el Chubut, con sus afluentes y/o la red de lagos y ríos cordilleranos que, como igualmente veremos, jugó al lado de aquéllos un papel especial en el poblamiento. Esta realidad no excluye la complementación de un ingreso a las áreas propiamente mesopotámicas, en tal caso a través de rutas específicas, que han de ocuparnos más adelante.
   En el mar, a los mamíferos marinos, especialmente lobos (12), se sumaban varias especies de peces (13), y mariscos diversos (14), pescados o extraídos directamente o arrojados a la costa por los mares de fondo. Hay que agregar las aves (15) y los mamíferos litorales (16) y continentales (17) que asomaban a la costa. En cuanto a los recursos vegetales, en la porción norte del litoral y hacia el interior domina todavía el “monte” sobre la “estepa” (18).
   En los ríos, peces autóctonos (19), moluscos de agua dulce (20), y toda la fauna continental, enriquecida en especies con respecto al mar (21). Los cursos de los ríos proveían sauces (22) para eventuales embarcaciones y viviendas (23), armas, etcétera (24). Un viajero del siglo pasado, Claraz, cita a lo largo de los cursos de los ríos Negro y Chubut a distintas especies vegetales con bulbos y raíces comestibles (25).
   Los lagos proveían los mismos recursos anteriores, enriquecidos sustancialmente por la presencia del bosque andino-patagónico. Entre los mamíferos de buena carne hay que contar de nuevo al pecarí y agregar el huemul (26). Las especies vegetales útiles para el hombre se multiplican (27).
   El panorama era diferente para los cazadores del interior, que accedían al mar, la Cordillera o los cursos y cuencas de agua a través de un sistema especial de “veredas” o rutas, que ya fuera aludido. Para hacerlo debían vencer, casi por todos lados (salvo el occidental), temibles “travesías”, de muchos kilómetros a veces. Todo el litoral atlántico lo era –un verdadero desierto, sin agua (28), lo mismo que el territorio que se extiende entre los ríos Colorado y Negro, y el sistema transversal de bajos encadenados que casi paraleliza al curso del río Negro por el sur.
   El río Colorado se conectaba –en época histórica, pero es posible que de larga data- por una ruta de travesía con el río Negro, ruta que cortaba la meseta por su parte aproximadamente más angosta (29). Desde este río al sur las rutas conocidas o principales son cuatro: la “del Chancho” (30), que salía desde el río a la altura de Sauce Blanco y, pasando transversalmente frente al puerto de San Antonio, iba a dar a Valcheta; la del bajo “del Gualicho” (31), que salía del fortín castre (grosso modo entre la isla de Choele Choel y el actual Conesa) e iba a desembocar, tras más de 100 km de casi-desierto, en el mismo oasis de Valcheta. La que empezaba en Chichinales y tocaba los actuales parajes Cuyum Leufú y Queupú Niyeo, para ir a dar a Maquinchao (32). En fin, la que salía de las cercanías de General Roca e iba a desembocar a la misma zona de Maquinchao, pasando por Cura Co, El Cuy, Pailanuf (33).
   Atravesaban ellas de norte a sur el sistema de bajos aludido para penetrar en la meseta vera, árida y con escasez de aguadas en todo el centro-norte de la Provincia, dominio del monte de jarilla; árida pero con más recursos de agua (de subsistencia) en el centro y el sur, transición del “monte” a la “estepa” propiamente dicha.
   La región se eleva hacia el noroeste, hacia el Limay, río de difícil acceso, profundamente incidido, lo que se conseguía a través de cañadones laterales profundos y sinuosos; y hacia el oeste franco: en el cerro Anecón (Grande), en la longitud del actual Clemente Onelli de la línea del ferrocarril de San Carlos de Bariloche a San Antonio, algo al norte de dicho punto, eminencia que alcanza los 2000 m. –más que importante si se recuerda que el volcán Lanín llega a poco más de 3000 m. Esta área elevada hace de divisoria de las aguas de los arroyos que allí se originan y que forman una verdadera flor: el Comallo hacia el noroeste, tributario del Limay; el Chico (“río” Chico), hacia el sur, afluente del Chubut, no lejos de sus nacientes; en fin, el Huahuel Niyeo hacia el este franco, para ir a desaguar, reunido con el Maquinchao, que llega del sureste, en la vasta cuenca sin desagüe de las lagunas Carri Lauquén.
   Esta cuenca se vincula por pasos preciso con la región que se extiende al oeste del macizo del Anecón, entre éste y la región de los lagos, encajonados contra la Cordillera y con espejo a cotas inferiores a las de la meseta inmediatamente al oeste del Anecón.
   Tuvo origen la cuenca en la destrucción de los grandes mantos de basaltos miocenos y sus tovas, los que de allí hacia el este, y sobre todo sureste, se extienden en profusión, para dar a esa parte de la región que atraviesa el ferrocarril de Bariloche a San Antonio su aspecto característico: es el eje (ferroviario y carretero) de la hoy denominada “Línea Sur” de la Provincia, por cierto en gran medida ruta indígena transversal (34). Prosiguiendo por ella hacia el Atlántico, aparecen otros grandes bajos, el de Los Menucos y el de Valcheta los más conspicuos, conectados con el sistema de bajos septentrionales por pasos precisos y escasos, del mismo modo rutas de indígenas. Al sur del bajo de Valcheta se extiende la enorme meseta cuasi desértica del Somuncura, dominio de los aludidos basaltos, que los indígenas atravesaban –y a veces visitaban- por una ruta diagonal (35) para ir a alcanzar el paralelo 42 –límite entre Río Negro y Chubut- en el borde oriental de una zona montañosa y muy nevadora y fría (sierra Pirrén Mahuida o Nevada, y las que siguen hacia el oeste, por el norte de Gastre, hacia Calcatapul). Es el epicentro de la patria de una de las etnías de grandes cazadores continentales que ha de ocuparnos en seguida: la de los günün a küna.
   En fin, al este, entre la meseta del Somuncura y el océano, y hacia el noroeste hasta el puerto de San Antonio, una zona árida, con escasez de aguadas, en que las planicies anteatlánticas se ven interrumpidas por serranías aisladas (sierras Pailemán, de la Ventana, Grande) (36).
   El bajo de Valcheta, receptáculo de las aguas permanentes del arroyo del mismo nombre, que nace en la meseta del Somuncura, era el nudo de caminos por excelencia; yo diría que de todo el norte de la Patagonia. Allí convergían la ruta del Gualicho por el norte, la del Chancho por el noreste (que pasaba frente al puerto de San Antonio), la subatlántica que venía del río Chubut inferior (37); la transversal oeste, que en buena medida coincide con la “Línea Sur” aludida, según se dijo, e iba a dar a los nudos de Casa de Piedra (entre Maquinchao e Ingeniero Jacobacci, hacia donde el arroyo Quetrequile va a desaguar en el Maquinchao, frente al mallín de aquel nombre), y Pilcaniyeu; en fin, la del suroeste, también mencionada, que alcanzaba el río Chubut en la latitud del actual cerro Gorro Frigio, unos 30 a 40 km al este de Paso del Sapo actual.
   De Casa de Piedra salía la ruta del sur franco, por Quetrequile, Uquelé, El Moligüe, Calcatapul, con su ramal por Lipetrén, para ir a caer –ambos- a la gigantesca pampa del Molle –de donde salían los rumbos del Chubut medio, de Gastre (y vía Gan-Gan el Atlántico), de Ñorquinco, hacia la Cordillera. De Maquinchao, la que seguía, siempre hacia el sur, el curso del arroyo Maquinchao. De Pilcaniyeu, en fin, la célebre ruta de Musters hacia el sur (en buena medida superpuesta con la actual 50), y una de las entratas al “País de las Manzanas”, a través del Limay superior –amén de la ruta al lago Nahuel Huapi, es decir al paradero, no menos famoso, de Taca Malal (hoy estancia Tequel Malal, de Jones), en la margen sur del río Limay, exactamente en su salida del lago.
   Los recursos faunísticos del interior, clave de florecimiento de los grandes cazadores, radicaban en la densidad de la población de guanacos y avestruces. Musters, en 1870, pudo apreciar una manada de guanacos “…como de tres mil cabezas”, en la cuenca de Carri Lauquén, citada, en el centro-este de Río Negro. Para el área contigua, hacia el oeste, ha dicho Bailey Willis, ya en los primeros años del siglo: “Por esas latitudes vagan numerosas manadas de guanacos…”. Y apréciese el testimonio de don Tomás Harrington (38), viejo pionero-maestro patagónico, válido para 1912 y la costa atlántica norchubuteña, quien vio una gigantesca tropilla de cuatro-cinco mil cabezas! La explicación de estas concentraciones –estacionales-, por otra parte, la tendrá el lector más adelante.
   Sobre la base de estos datos aislados es posible inferir la existencia, como dije, de poblaciones inmensas de guanacos (y avestruces, aunque carecemos de datos para estas aves), y creo que por lo tanto han de ser aplicables al área mediterránea de los ríos Limay-Negro y Chubut cifras como las barajadas por Rogers, para el siglo pasado, que denunciaban “…que al sur del río Santa Cruz existían 1.200.000 guanacos…” –con el comentario agregado de que “…de los que alrededor de doscientos tehuelches aptos para la caza mataban, aproximadamente, 300.000 por año sin que existieran señales de merma”. Más adelante diré dos palabras sobre la presunta población humana indígena del área de nuestro interés presente.
   Veremos igualmente en el lugar oportuno cómo una combinación especial entre el ciclo biológico de estas especies y la predilección cultural de los indígenas por la carne de avestruz, condicionaba en gran medida la movilidad de los grandes cazadores (históricamente günün a künna).
   En época histórica, en el ámbito, más cálido, del ángulo noreste de la actual provincia de Río Negro, el avestruz petiza o Pterocnemia pennata convivía con la grande o “mora”, Rheadarwini, propia de la provincia de Buenos Aires y el ámbito pampeano. Del mismo modo, habían atravesado el río Negro tímidamente la tortuga terrestre común, el ciervo pampeano (“venado” el macho, “gama” la hembra), Ozotocerus bisulcus –que no hay que confundir con el huemul cordillerano-, el pecarí; especies que no pasaban, de todos modos, el umbral elevado de las mesetas que se extienden al sur del bajo de Valcheta –según lo señalara expresamente el naturalista Claraz (en 1865).
   En dicha área nororiental y en todos los bajos templados del interior de la Provincia (y del Chubut), la “liebre patagónica” o mara, Dolichotis patagonim, mostraba su simpática figura. Ella por cierto no la salvaba de ser codiciada presa de los indígenas, los que en cambio no perseguían a su primo hermano el “cuis” (Musters). Hacia el interior franco, especialmente el centro, y hacia el sur, para adentrarse en el Chubut, la “vizcacha de la sierra” proveía un excelente recurso, como lo sabemos por vía etnohistórica y etnográfica y es atestiguado por la toponimia (39). Lo propio de los armadillos, el peludo y especialmente el piche, de venerable abolengo local, compartido éste con el avestruz y, en menor grado, la liebre patagónica (40).
   Aparte de esa reina de las aves, corredora, cabe citar, en áreas templadas del ámbito, a sus parientes pobres, “martinetas” y “perdices”, voladoras de vuelo torpe y caza relativamente fácil. En seguida, a distintas especies de patos, avutardas y afines, que proveyeron igualmente carne y huevos como recursos alternativos (41).
   Recursos que podríamos llamar indirectos o derivados, de origen vegetal, son maderas varias, como la del roble cordillerano para los palos de toldos, sauce y/o colihue para lanzas, colihue para esteras varias, cunas y otros; calafate para mangos de raspadores, arcos de caza, etcétera; raíces, flores, cortezas y hojas diversas para infusiones y aplicaciones varias, como medicamentos –además de tinturas y otros usos prácticos (42).
   De origen animal grasa, tuétano, huesos, plumas, pelo, piedras bezoar, etcétera, amén obviamente de pieles varias, con mil aplicaciones prácticas y rituales, estéticas…, lo mismo que valvas de moluscos, caracoles enteros o sus partes, y afines, para elementos de adorno y otros (43).
   Las ricas mineralizaciones (de cobre, plomo, zinc, etcétera) del hoy llamado “Cerro Castillo” y su zona, antes Ñancullique, al noreste de Gastre, Chubut, casi sobre el paralelo 42, proveían “tierras” para pinturas a los indígenas; otras provenían de ocres naturales vastamente representados en la región, calizas y otros minerales y rocas, como por lo demás lo denuncia la toponimia (44). Estas tierras se utilizaron en la pintura corporal, estética y ritual, arte rupestre y coriáceo, etcétera (45).
   El mineral de hierro terroso de Sierra Grande, hoy yacimiento célebre en América del Sur, en el sureste de Río Negro (lo propio que el de Yas aike o Payán Niyeo, cerca del alto río Senguer, en el suroeste del Chubut), proporcionaba la mejor materia prima para bolas de boleadoras (46), de exportación a juzgar por su amplia dispersión en los yacimientos arqueológicos. No desmerecía calidad la baritina (sulfaro de bario) de Quechue Niyeo, y zona cercana, en el centro-norte del Chubut (entre Sacanana y Gastre) (47). Un sustituto era el basalto poroso, fácil de trabajar a golpes, con la eliminación de los tabiques de los alvéolos que presenta la roca. El basalto sirvió igualmente para la confección de morteros, y especialmente los llamados “sobadores”, de basalto muy poroso o alveolar, destinados al curtido o ablandado de los cueros para las capas (mantos o “quillangos”, vestimenta de los tehuelches). El pórfido y otras rocas cuarzosas muy duras sirvieron igualmente para bolas, y a veces otros artefactos. La arenisca se prestaba del mismo modo para morteros. Una piedra de afilar excelente, una arenisca muy fina y compacta, se encuentra en el actual paraje Llimeñ Niyeu, al suroeste de la meseta del Somuncurá, citada; otra célebre en Gaiman, noreste del Chubut (48), y otros sitios. A aquella región viajaban los indígenas para recoger arena cuarzosa para raspar las pieles: la había de calidad inmejorable, según parece, en el actual sitio de Buen Abrigo, cerca de Llimeñ Niyeu. Las sílices –de preferencia- y otros minerales y rocas utilizadas como materia prima para la confección del utillaje doméstico de caza (raspadores, raederas, cuchillos, puntas, perforadores o “leznas”, etcétera) aparecen aquí y allá en casi todo el ámbito; en el litoral eran en mayor medida provistas por los guijarros de origen marino –amén del canje con el interior, que debió ser muy intenso. La toponimia señala todavía la ubicación de algunos yacimientos de esta clase (49). Los indígenas litorales estuvieron mejor ubicados en relación con la materia prima para la confección de ciertos artefactos de uso ritual, como las llamadas “placas grabadas” y “hachas ceremoniales”: eran hechas de una compacta marga de la costa atlántica, de esquistos antiguos aflorantes en la región de Valcheta y de otras rocas blandas; en el interior, areniscas y tobas. En cuanto a las aludidas “hachas”, las hay igualmente de rocas duras, como el basalto. En las lagunas arcillosas los indígenas se proveían de un pasable “jabón”, buen sustituto de la orina humana en el lavado del cabello (50). Sal excelente proveían numerosas salinas (de evaporación) de los bajos, pero ésta era reemplazadas cuando se podía por otra procedente de las laderas o altos de los cerros, una sal “de roca” depositada a modo de eflorescencias en las grietas (51). Cabe citar todavía a los guijarros, de basalto y otras rocas tenaces, destinados a distintas formas de cocción de alimentos (52); a la toba envolvente de los huesos petrificados, y a los huesos mismos, que raspados se utilizaban con finalidad mágica (53); al cuarzo, que en forma de cristales cumplía parecida finalidad en el interior de los tambores o sonajas de los hechiceros; el yeso, utilizado en los tiempos tardíos de la difusión del tejido en el blanqueo de la lana; etcétera etcétera.


NOTAS
(1) En el texto encontrará el lector datos antiguos de siembra de quinoa, en Nahuel Huapi, pero casualmente sin cosecha –es decir una burda copia de la siembra araucana-, y tardíos de aquella de zapallo, etcétera, en Valcheta; esto último por influencias criollas.
(2) Pérez Morando ha recordado (véase Obras citadas) que, si bien la Constitución de la Provincia consigna de “Río Negro”, el nombre auténtico, lógico, es “del río Negro”, pues tanto ella como las restantes de la Patagonia son “hijas” de los ríos, casualmente ríos epónimos. En la práctica se usa decir “oriundo del Chubuy, “del Neuquén”,… y en cambio “de Santa Cruz”, “de Río Negro”. Personalmente, unifico en este texto la nomenclatura y escribo siempre “de” y no “del” para evitar confusión con alusiones eventuales a los ríos epónimos y no a las provincias.
(3) En sentido estricto, digo, porque en la acepción más corriente, o generalizada, la Patagonia se extiende al sur del río Colorado y no al sur del sistema Limay-Negro. Véase Frenguello para esta última acepción. En tiempos anteriores era más frecuente aceptar el límite del Negro-Limay; en fin, la obra de Falkner, que incluye en su título la frase “descripción de la Patagonia” (mediados del siglo XVIII) se refiere esencialmente a la región pampeana.
(4) Me refiero a los tiempos de la conquista española e inmediatamente anteriores. no sabemos nada de los pre-históricos, aunque es posible que las excavaciones en marcha por parte del arqueólogo Gradín y colaboradores arrojen alguna luz en tal sentido. en territorio de la actual provincia del Neuquén la situación es diferente, pero su desarrollo escapa a los propósitos de esta obra.
(5) Véanse, por ejemplo, las obras generales de Serrano, Imbelloni, Canals Frau, Vignati…, así como las de Harrington, Escalada, etcétera.
(6) Interfluvios o áreas mesopotámicas. Un caso extremo de subestimación del papel de éstas áreas se encuentra en Bórmida, no obstante un arqueólogo de amplia preparación; al respecto ha llegado a escribir: “El papel de la meseta en la historia étnica del sur argentino parece haber sido casi siempre secundario; pocas veces los cazadores pedestres penetraban en sus extensiones inhóspitas y la escasez de hallazgos arqueológicos en esta área hace pensar que nunca establecieron en ella campamentos de larga duración. Podemos afirmar que la meseta representó para los habitantes de la Patagonia la gran reserva de animales, cuya caza constituía la base económica de una gran parte de ellos” (1969, 8)… lo que, por lo demás, representa una flagrante contradicción, desde que los cazadores seguían a las presas, como se verá en el texto.
   Esta posición, curiosa a primera vista se explica a través de la formación europea de Bórmida, influido por los modelos antropogénicos europeos (modernos, diré), en los que sin duda los grandes ríos tuvieron papel decisivo. Menghin, célebre arqueólogo austríaco radicado en la Argentina, compartía dichas ideas, las que fueron desarrolladas por Escalada en su aplicación local. Este autor –del que hablaré más en el texto- llegó a explicar a las grandes etnías históricas de la Patagonia como verdaderas “excrecencias” de los grandes ríos, a contrapelo precisamente de todo lo que hoy sabemos.
(7) Una evaluación muy grosera de la historia de la cuenca de la laguna Carri Laufquén chica, ubicada a 15km de Ingeniero Jacobacci, me permite afirmar que ésta se desecó innumerables veces a lo largo de los últimos diez milenios, pero… que al cabo de ellos retiene la cantidad de agua inicial. Para tiempos cercanos, absolutamente históricos, recomiendo al lector leer el trabajo de Politis, dedicado a las variaciones climáticas en el ámbito pampeano. Un ejemplo impresionante que consigna es el del “País del Diablo”, erial de 60km de extensión que los mapas del siglo XVIII ubican al este de la sierra de la Ventana… y del que en vano se buscarán rastros en la actualidad.
(8) Muy interesantes datos acerca de la adaptación biológica de los fuéguidos al frío (y a la inmersión en agua helada) se encontrarán en el trabajo de Nardi. No conozco nada parecido con respecto a los pámpidos, pero su merabolismo ha de haber sido semejante. En cuanto al complemento de los alimentos grasos, tema que aparecerá largamente después, su necesidad fisiológica se verá bien explicada en la obra de Speth.
(9) El agua existe, aunque su escasez sólo permitiría pequeños asentamientos. Aparece en general conservada por los médanos, y es conocido el hecho de que los pobladores viejos (y hasta el presente!) de algunas zonas costeras conseguían agua potable, por medio de pozos o bombas de mano, en el límite mismo del agua marina: ésta es más densa que la dulce, la que por ende flota sobre ella. Los indígenas abrían grandes pozones, conocidos regionalmente como “jagüeles de bajada”. Para alimentar el agua de los médanos bastan lluvias muy tenues, por lo demás hoy complementadas por espesas neblinas en ciertas áreas: pienso en la de San Antonio, en donde los últimos años el fenómeno es frecuente. En tal sentido, es bueno pensar que una mini-variación (cíclica) de la humedad explicaría el poblamiento litoral de manera muy limpia y natural.
(10) Esto fue escrito antes del invierno de 1984, en que la temperatura descendió a 32 grados bajo cero! En Ingeniero Jacobacci. Eso hace 34° posiblemente en Clemente Onelli, cerca de 40° en el cerro Anecón grande… Además, el año fue terriblemente nevador. La humedad aumenta en la Patagonia toda, desde unos 15 años o poco más (¿inicio de un ciclo?), y se traduce no sólo en lluvias sino en nieve. Los viajeros pobladores no recuerdan un año tan nevador como el pasado (1984).
(11) Así dicho esto parece que yo fuera “difusionista” a ultranza y por ende opuesto a la posibilidad del condicionamiento ecológico. En verdad no es así, pero muchos años de experiencia me han enseñado que si tanto la difusión como la invención de bienes culturales funcionan en la vida de una cultura determinada, el papel del medio como selector sólo es válido en función del tiempo.
(12) No hay elefantes marinos actualmente en le litoral de la provincia de Río Negro, pero desde que los he encontrado en San Blas (sur de Buenos Aires) en yacimientos arqueológicos relativamente recientes, supongo que su presencia ha de haber sido cotidiana en tiempos inmediatamente antehistóricos y aun históricos incipientes.
(13) Como róbalo, lenguado, corvina negra, corvina rubia, pejerrey, lisa, pescadilla, mero, sargo… (14) Mejillones y cholgas, almejas varias, navajas, choros, ostras, cangrejos varios, picos de loro, pulpos, caracoles.
(15) Pingüino, biguá, entre los fácilmente capturables; quizá gaviota, loro, etcétera.
(16) El guanaco es frecuente en la costa marina, en donde llega a veces a abrevar directamente en el mar (se lo ha visto hacerlo en el golfo de San Jorge). Lo mismo cuises, ratones varios, a partir del tucotuco; probablemente el pecarí, etcétera.
(17) Hay que agregar a la lista anterior el ciervo pampeano, la mara, los armadillos y los felinos (puma, yaguar, gatos) y zorros; el zorrino. El puma es denominado “león”, el yaguar “tigre”. La presencia de este felino al sur del río Negro está atestiguado por la toponimia, el cancionero sagrado, etc.
(18) Y así la lista de especies útiles se integra con el algarrobo, chañar, piquillín, jarilla y varios otros arbustos proveedores de frutas, resinas, bulbos y raíces, madera, simplemente leña, etcétera.
(19) Perca, pejerrey patagónico, bagre…
(20) Almejas, mejillones, caracoles.
(21) Ha de agregarse, por lo pronto, el avestruz; las martinentas y perdices; otras aves, incluido el cóndor. Entre los mamíferos, la nutria, la vizcacha, el “lobito de río”. Reptiles como la tortuga terrestre, etcétera-
(22) El sauce llamado “colorado” (Salix humboldtiana) es endémico. Existía en el río Negro, denominado precisamente “río de los Sauces”, en el río Chubut, y hacia el norte en el colorado (amén de los cursos de la provincia de Buenos Aires).
(23) Se encuentra un dato histórico en el texto acerca de la presencia de viviendas hechas con ramas en el río Negro ( y en el Chico de Chubut). Los sauces podían proveer madera para eventuales embarcaciones a lo largo de un buen trecho del litoral bonaerense-patagónico. Además, un elemento infaltable es la totora, los grandes juncos.
(24) La lanza se denomina waik, lisa y llanamente “sauce” en tehuelche septentrional, lo que me ha hecho pensar a ratos en replantear el origen de esta arma, tan empleada en toda la Patagonia y la Pampa… amén de la Araucanía. Es que en araucano, precisamente, se denomina waiki (aunque es cierto que hay un sinónimo rüni, nombre de la caña colihue). Véase nota 207.
(25) Menciona para el Chubut una convulvácea que da tubérculos de gran tamaño. (Para tubérculos, raíces, rizomas, en general, véase Vignati, “El pan…”; mi trabajo sobre toponimia de Chubut).
(26) En cuanto a aquél. Se trata del género Pecari, hoy restringido al norte de la Argentina. A su presencia obedecen los nombres de “isla Jabalí”, en el sur de Buenos Aires, “ruta del Chancho”, que unía al río Negro con Valcheta, etcétera. Moerno, en uno de sus viajes tempranos, vio toda una población de estos animales sobre el lago Nahuel Huapi (1876). En cuanto al huemul, género Hippocamelus, es especie de distribución anida y precordillerana hoy reemplazada por el ciervo rojo, importado. No confundirlo, como es habitual, con el ciervo pampeano, Blastocerus.
(27) Roble, alerce, maque, chaura, calafate, duraznillo, chay, murta, caña colihue varios hongos; etcétera.
(28) Véase la nota número 9. A estos recursos litorales hay que agregar los que proveían las lagunas temporarias (Claraz narra que los indígenas sabían, por algunas cercanas al valle de río Negro, si la travesía “del Chancho” era practicable), y, con enfoque cultural puro, la utilización del líquido amniótico de la guanaca preñada en casos extremos. Los tehuelches, en cambio, llevaban consigo muy poco agua, en recipientes de cuero.
(29) Salía de la localidad actual de Río Colorado –y pasaba por un famoso “árbol del gualicho” e iba a dar al punto hasta hoy denominado “Boca de la Travesía”.
(30) Fue recorrida por Musters, Moreno, Lista… He dicho más atrás (nota 26) que su nombre no se debe a la presencia del chancho común, doméstico, o del jabalí, de origen europeo, sino directamente del pecarí, endémico. Es fama que el jabalí fue introducido por Pedro Luro, tardíamente.
(31) Recorrida por Ibáñez, de las tropas de Rosas, Jones, Claraz, Moreno, Burmeister… Sumaba unos 115 km sin agua, que los indígenas transportaban en bolsas de cuero.
(32) Los parajes mencionados figuraban en los mapas. Los daos no aparecen prácticamente en la bibliografía y los agradezco a mi informante tehuelche José María Cual, de Gan Gan, Chubut.
(33) Su existencia fue documentada por primera vez por el viajero coleccionista De la Vaulx, francés, quien recorrió, ¡en carro! Buena parte de la Patagonia poco antes de fin de siglo.
(34) Recorrida en buena medida por Musters; por Roa, Oliveros Escola, oficiales de los cuerpos australes del ejército expedicionario “al Desierto” (1882); por el norteamericano Bailey Willis en los primeros lustros del presente siglo.
(35) Recorrida por Claraz (1865-66) y por Moreno (1879-80).
(36) Es persistente una sierra llamada “de San Antonio”, que parece desmembrarse tardíamente, en la cartografía, en las otras aludidas, o parte de ellas.
(37) Coincide groseramente con la actual ruta nacional n°3. Por ella transitaron viajeros como Jones, Lista, Burmeister… Véanse los trabajos de Deodat y Rey Balmaceda, de Ezcurra, y los comentarios al respecto en el presente texto.
(38) Se hacen muchas referencias a la tarea científica de Harrington en este texto. Fue un maestro de escuela pionero en la Patagonia: entre los años 1914 y 1918 alfabetizaba con un sistema de escuela ambulante, en el corazón de Chubut (Gan Gan-Carhué Niyeo, etcétera). Los datos consignados fueron comunicados por carta personal; el lector encontrará las referencias, y otras, en mi trabajo específico sobre el guanaco.
(39) Claraz, profusamente citado en el texto, brillante naturalista suizo que se adentrara en el corazón de Río Negro y Chubut en 1865, trazó una frontera entre dos provincias zoogeográficas y fitogeográficas en el centro-este de Río Negro, en relación con el umbral fisiográfico y altitudinal conformado por la meseta del Somuncura. Varias especies desaparecen o se transforman según se avanza al sur o al norte de este umbral. Entre ellas, Claraz alude a las formas de “vizcachas”, la común o género Lagostomus, y la “de la sierra”, Lagidium. En cuanto a aquélla, en verdad, sólo pasa tímidamente en el curso del río Negro hacia el sur. Ésta, la forma austral, es la que aparece en la toponimia: sendos parajes de Pilquín Niyeo, uno sobre el río Limay y otro en el centro-sur de Río Negro, en araucano, en que pülkiñ es el nombre del mamífero; ngüyeu es “allí hay…”. El segundo paraje traduce al tehuelche septentrional, más antiguo, yamürwa yamgüjücháwütr “para pegar a los pilquines”, nombre este último popular, derivado del araucano, para designar a la “vizcacha de la sierra” (mal llamada, además, “ardilla”). El topónimo refleja el interés cultural, de presa, del pequeño mamífero: lo cazaban a palos y pedradas.
(40) Los armadillos patagónicos, “piche” (¡no “pichi”!), género Zaedyus, y “peludo”, Chaetophractus, pertenecen al orden endémico, sudamericano, de los Desdentados o Edentados: sus antepasados más antiguos conocidos datan del Terciario inferior, hace cosa de 55 millones de años, y seguramente son más antiguos. Los antepasados de las maras, o roedores arcaicos, son también antiguos en el suelo de América del Sur, pero sus raíces no sobrepasan el Terciaron inferior-medio. Salvo los desdentados, que son placentarios, y los marsupiales (“comadrejas” y allegados), el resto de los mamíferos sudamericanos actuales es alóctono. De entre ellos, los roedores primitivos y los antepasados de los monos son inmigrantes tempranos, pero el resto es de origen tardío: pasaron por el puente constituido por el levantamiento del puente de América Central, conformado a partir de unos 5 millones de años atrás. El “avestruz”, dos géneros (Rhea y Pterocnemia, aquél pampeano y con una tímida penetración en el noreste de Río Negro, al sur del río epónimo, y éste propiamente patagónico) englobados bajo este nombre popular –el de “ñandú”, que prefieren los puristas, no se usa en la Patagonia- es igualmente muy antiguo en la América del Sur, un ave corredora del grupo de las llamadas “primitivas” –emparentada lejanamente, por lo demás, con las tinamiformes o “martinetas”. (41) Se trata de una caza menor y recolección, practicada especialmente por las mujeres y los niños, pero su papel en la dieta no era despreciable.
(42) Las “escobas” domésticas eran provistas por la “pichana” o “pichanilla”; la raíz de la “uña de gato” (género Nassauvia) proveía la materia prima para las escobillas utilizadas como peines. El “calafate” o “michay” daba, aparte de su excelente fruta, verdadera golosina estival de los niños patagónicos en el presente, madera para los astiles de las flechas. La resina del “molle” se utilizaba para adherir la piedra a la madera, casualmente en las flechas, raspadores de cueros, etcétera, y como “goma de mascar”. Hudson, en un bello libro, ha relatado minuciosamente la técnica de preparación de esta “goma”. Para los usos tintóreos de las plantas véanse los trabajos de Biglione.
(43) Hay un trabajo especial de Deodat sobre los usos de las valvas, que proveían recipientes para pintura, materia prima para cuentas, “tembetás”, etcétera.
(44) Aludo a topónimos tales como Coloco, “aguada de la tierra roja para pinturas”, Colo Niyeo, “donde la hay…”, Lemzá Niyeo y Yamá Niyeo, que alude a sendas tierras de idéntica finalidad, Malloco, o “aguada de la caliza (blanca)”, Comallo (kum-malló), o “caliza rojiza”; Carhué Niyeo, o “donde hay caliza o toba”; etcétera etcétera, nombres araucanos de Río Negro y Chubut –que son traducción de otros tantos nombres tehuelches septentrionales.
(45) La tierra de pinturas entraba en la composición del pegamento que adhería la piedra a la madera, posibilitando así el enmangado de las puntas de flecha, raspadores, etcétera. Otros ingredientes eran la resina y la bosta de animales. La pintura corporal era eficaz contra paspaduras y cumplía, además, el papel de higienizador de la piel al ser desprendida mediante frotación.
(46) Preguntado José María Cual, mi máximo informante tehuelche septentrional, en Gan Gan, Chubut, en los primeros años de la década del 50, por la procedencia del fragmento de mineral de hierro que yo había puesto en sus manos (una bola de boleadora fragmentada; el informante era ciego…), me dijo que “los antiguos” lo traían de Payán Niyeo, en el Senguer, Chubut, o bien… ¡de Sierra Grande!, provincia de Río Negro. Por esos años, piense el lector, hacía muy pocos que había trascendido el descubrimiento de Novillo, que revelaría al mundo uno de los mayores yacimientos de material ferroso de América del Sur. Los tehuelches, desde luego, lo conocían y beneficiaban –aunque hay que apresurarse a aclarar que a la manera de una roca común, para confeccionar boleadoras; parece innecesario aclarar que los cazadores patagónicos estaban muy lejos de conocer la técnica de la metalurgia.
(47) El nombre –como toda la toponimia rionegrina y chubuteña en general- araucano, o mejor dicho araucanizado, tiene por modelo a uno tehuelche septentrional más antiguo: káchwa a súwun allí hay káchwa, es decir “baritina”. Muchos años pasé hasta conseguir una muestra del mineral, que reveló que no se trataba de cuarzo blanco, como pensaba Harrington y aceptara yo. Hoy se explotan algunos de estos yacimientos, ubicados entre Gan Gan y Gastre.
(48) Llimeñ Niyeo significa “allí hay lajas”, nombre este último reservado casi siempre para areniscas lajosas, que proveen una excelente piedra de afilar. Gaiman alude a otra arenisca, muy bien representada en la zona, con idéntico uso. Aquella voz es araucana, ésta tehuelche.
(49) Queupú Niyeo, en el centro de Río Negro, y un paraje homónimo en el noroeste de Chubut, aluden a la presencia de sílices para la confección de artefactos; keupü se las denomina colectivamente en araucano.
(50) Estas tierras jabonosas reciben el nombre de küllay en araucano, el mismo que la especie vegetal que provee un pasable “jabón” en la Araucanía chilena.
(51) El viajero Claraz, que el lector encontrará largamente citado en el texto, sufrió penurias terribles por la falta de sal; en definitiva las superaron gracias al descubrimiento de esta sal de las rocas. Por su ubicación era considerada como “sal del gualicho” por los indígenas tehuelches, según consigna Harrington; señala que los indígenas la consideraban, paradójicamente, más “dulce” que la sal común, de salina.
(52) Se buscaban rodados globosos (por razones físicas de conservación del calor) y rocas tenaces, para que no estallaran. He dedicado un trabajo especial al tema.
(53) Hasta el día de hoy se conserva la costumbre, entre indígenas de Chubut, de dar a los chicos raspadura de huesos petrificados de mamíferos, con agua, con finalidad terapéutica, o más bien preventiva, salutífera: se trata de los huesos del esqueleto del gualicho…

jueves, 12 de diciembre de 2013

Rodolfo Casamiquela "racista anti-mapuche"... o la verdadera antigüedad de los mapuches en la Argentina (2007)

Impreso por la Biblioteca Popular "Agustín Alvarez", Trelew, Chubut, 2007.

Dos Palabras Previas
   A pesar de la opinión hecha pública -en actitud que le agradece—, por una figura gravitante del elenco profesional de un diario de amplia difusión en el norte de la Patagonia, en oportunidad del "Seminario Judicial Patagónico Sobre el Derecho de las Comunidades Originarias" (28 al 30 de octubre de 2004) organizado por el Superior Tribunal de Justicia de la Provincia de Rio Negro en el Centro Cultural de Viedma, en el sentido de respetar la figura del que esto escribe debido a "que no hace demagogia", ese medio regional no publicó la carta-texto explicativa sobre el poblamiento indígena con que respondía a determinadas críticas de un lector de ese origen. Con lo que no sólo éste—¡como tantos otros y en diferentes ocasiones!— pudo pegarle en el suelo, sin posibilidad de defensa, sino que por tal motivo, entre tantos lectores potenciales, los convencionales constituyentes de la provincia del Neuquén se quedaron sin enterarse de algunos aspectos clave del poblamiento indígena del ámbito que les habrían resultado útilísimos a la luz del caos que después vino.* Por eso, Lector, como primera razón entre otras varias (por ejemplo haber soportado sendos "piquetes", uno en una charla en Esquel y el otro en un cursillo en bariloche), opta por escribir este pequeño libro. Para que todos (¡los que quieran!) puedan conocer sus posiciones y sus argumentos -que, por lo demás, no son otros que los de la verdad científica.
   No está dedicado a los descendientes de indígenas (mapuches y tehuelches!) "mapuchistas "(1) porque ellos no leen... (2). , en cambio, a los descendientes de indígenas (mapuches y tehuelches) que conservan su identidad. Que tienen claro el origen étnico de sus antepasados: "azuleros", "manzaneros", "picunches", "huilliches", "ranqueles"(3), "tehuelches" ("chehuelchos"), "tehuelches pampas", ngoluche, waizüfche o inalmawizache, etcétera. Y va dedicado a los huincas (wingka en mapuche, káddaí a künna en tehuelche- pampa, káddü en tehuelche meridional) de todos los orígenes, rangos y profesiones. Especialmente a los hombres de Derecho y funcionarios, legisladores. Particularmente, para el caso, a una de las personas que —fuera de la gran mayoría de los políticos y hombres públicos vinculados, paradójicamente, con el tema—, más lejos está de entender "la cuestión indígena" del ámbito pampeano-patagónico. Un hombre que, a pesar de involucrarse profundamente en ella, se guía exclusivamente por su sentimiento. Sentimentalismo se dirá mejor, que, si bien respeta, a fuer de Hombre Público por excelencia debería acompañarse por la correspondiente objetividad -hija de la información: el Doctor Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel argentino. (Si alguna vez quiere documentarse acerca del gran tema, el autor está a su entera disposición.)
 
 
* Si bien existía, desde el año 1995, un libro titulado "Bosquejo de una etnología de la Provincia del Neuquén " publicado precisamente por la Subsecretaría de Cultura Provincial, en el que se explica, siglo por siglo, el proceso de dicho poblamiento.
(1) El neologismo "mapuchista", se refiere, para el caso, a los descendientes de indígenas que reivindican un origen cisandino (argentino), o trasandino-cisandino, para los mapuches, pueblo estrictamente occidental (chileno) -como se verá en seguida. (Véase "Alerta con eso del 'mapuchismo', publicado-sí que conmuy buena intención- por Raúl Nicolás Aranda, en la edición del 11 de febrero 2006 del diario Río Negro, página 25)
(2) En oportunidad de dar una clase en la Universidad de la Patagonia Austral, en Caleta Olivia, una joven de origen indígena, enrolada en la corriente merecedora de ese rótulo, la interrumpió alegando que lo que el autor expresaba sobre la cultura araucana o mapuche no era correcto. Agregó que "nada de lo que escriben los huincas es verdadero" y por lo tanto válido. Aello replicó, obviamente, que si ella era estudiante de historia, por fuerza debería leer y documentarse a través de todas las fuentes, de todos los orígenes. Pero como insistió en su argumento negativo, agregó, a su vez, que todo lo que estaba explicando procedía de ese verdadero monumento a la cultura araucana o mapuche que es la autobiografía de Pascual Coña, libro de cabecera que para el caso tenía consigo en su edición original (1930)... Arrinconada, argumentó que ese texto no se conseguía en ninguna parte..., y al informarle que acababa de ver su reedición en una librería de Comodoro Rivadavia... se levantó y abandonó la clase.
(3) Derivado de rangküllche, "gente del carrizal". Los descendientes de ranqueles no son considerados "mapuches" por los indígenas mapuchistas. Alarecíproca, aquéllos califican, sin más a éstos de "chilenos", en tanto reivindican para sus ancestros la condición de "argentinos". (Y recuerdan que, antes del surgimiento del Estado Argentino, los ranqueles ofrecieron sus lanzas a Buenos Aires para la defensa del Río de la Plata contra la invasión inglesa...)

domingo, 11 de agosto de 2013

¿A qué llamamos mapuches? (1985)

Revista Cultura, Hombre, Sociedad (CUHSO) de la Universidad Católica de Temuco, Vol. 2, N°1, 1985. 

Dr. Rodolfo Casamiquela G., Fundación Ameghino, Viedma – Argentina.
 
   Mapu es "tierra", -también puede ser "patria"- y che "gente" en lengua de estas "gentes de la tierra", o "araucanos", como preferentemente se los denomina en nuestro país. Una lengua estupenda, por lo demás, de tal riqueza y sonoridad que habría de constituir la clave de la exitosa expansión de la cultura mapuche en el sur de la América del Sur. Ello a partir de un foco de origen relativamente muy pequeño, aunque densamente poblado, entre los ríos Toltén y Bío-Bío, en el sur del actual Chile (continental). De allí irradió su lengua y, a través de ella y en su compañía, numerosos elementos de su cultura espiritual, como la religión y material, como la cerámica, el tejido y la platería.
   Son estos tres elementos, propios de un pueblo sedentario, agricultor, y efectivamente los mapuches lo eran -y lo siguen siendo en la Araucanía propiamente dicha-; modestos agricultores del maíz, la quinoa, la papa..., y casi sedentarios, pues sólo desplazaban sus grandes casas de madera y paja ("rucas") para rozar o talar nuevos terrenos y librarlos a un cultivo en el que las mujeres, hincando sus primitivos bastones de madera -ya que no había arados- tuvieron el papel fundamental. Ellas y sus compañeros completaban la dieta anual con la recolección, pesca y caza. Y vivían probablemente muy bien, integradas en un sistema social en que los hechiceros (varones o mujeres, llamadas "machis") formaban el centro de la vida religiosa y los viejos caciques, por herencia, el de lo social y militar, si se daban tiempos bélicos.
   Y éstos se daban, claro, con los indígenas de canoa de más al sur, con los indígenas de canoa de más al este, enclavados en la Cordillera -en ambas vertientes, en verdad-, a lo largo de las guirnaldas de lagos andinos. Y se dieron con los pehuenches de "entre cordilleras" (pewén es la "araucaria", en araucano), particularmente aguerridos. Y se dieron después, y muchos peores, definitivos, a exterminio, con los europeos, que iniciaban la conquista de la porción austral de América (y que fueron denominados "winka" en araucano, huincas en plural españolizado).
   Estos europeos traían consigo un elemento que fue terror de América entera al comienzo y luego fascinación del indio, que rápidamente se adueñó de él -del caballo- para su propio beneficio. Y para buscar caballos se produjeron, cuando la ferocidad singular de los pampas los multiplicaba por centenas de miles (es decir ya desde comienzos del siglo XVII), movimientos de pueblos desde todos los rumbos, convergentes todos en el embudo de la pampa húmeda. De paso iban conociendo a la incipiente Buenos Aires, con la que iniciarían un tráfico económico que habría de durar más de dos siglos.
   Así, con esa motivación, pasaron los primeros araucanos al Neuquén, en donde -como en todas partes- comenzaron por imponer su lengua. Cuando Mascardi llegó a fundar la misión de Nahuel Huapí, en 1670, los elementos básicos de la cultura regional eran todavía tehuelches, es decir locales, pero sus portadores ya en buena parte bilingües.
   Estos "tehuelches" (en el fondo parientes cercanos de los otros más australes, o "patagones" de Santa Cruz y sur de Chubut) eran racial y culturalmente un pueblo diferente, o mejor, una serie de pueblos diferentes, que se extendían por el norte hasta cubrir todo el ámbito pampeano central (La Pampa y Buenos Aires, sur de Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe), caracterizados por una economía de cazadores -pedestres, desde luego-, de arco y flechas y boleadoras, vestidos con capas de pieles, y en movimiento siempre, detrás de sus presas, esencialmente el guanaco y el avestruz, a favor de la ligereza de su ajuar y de sus toldos de cuero portátiles. Sus lenguas, de pronunciación dura para nuestros oídos (y los oídos araucanos), menos funcionales que la araucana.
   Estos tehuelches, en sentido amplio, son de alta estatura y corpulencia y de poderoso esqueleto -una de las viejas razas de América, de cráneo largo como todas las pioneras-, como sabemos por los famosos Patagones de los primeros tiempos de la conquista, exageraciones de Pigafetta puestas aparte. En cambio los araucanos o mapuches son de mediana estatura y esqueleto débil, en general con una cierta tendencia a la obesidad. Como raza relativamente reciente en América -según parece-, tienen cráneo corto, redondeado, como el de los europeos actuales. Dos razas, pues y dos culturas enfrentadas.
   En el contacto, choque a ratos, comercio a otros, alianzas y matrimonios, se fueron difundiendo dos claves de cambio en la inmensidad del escenario extraandino oriental, a partir de una cabecera de puente instalada en Neuquén, en diferentes frentes. La una, la araucanización, que sólo alcanzó, no obstante, tímidamente a la provincia de Buenos Aires para comienzos del siglo XVIII. La otra, la difusión masiva del caballo, ya aludida, que habría de movilizar a los actores de todo el escenario y, andando el tiempo, de la Patagonia completa. Crecieron demográficamente los indígenas, a favor de un nuevo recurso de caza aparentemente inagotable, y correlacionadamente se transformaron de cazadores pedestres nómadas, en pastores nómadas ecuestres... Un siglo después de lo dicho, incluso los tehuelches de Santa Cruz llegaban a Buenos Aires -hasta el Tuyúl- a buscar yeguadas, y su permanencia en Patagones -de allí el nombre de esta bella ciudad- era habitual.
   La araucanización prosiguió: los viejos "querandíes" del Río de la Plata, esencialmente tehuelches según queda dicho, se fueron transformando en los "pampas" cercanos a Buenos Aires ("magdalenistas", "matanceros"...); para comienzos del siglo pasado seguramente muy pocos individuos eran capaces de recordar su vieja lengua, por lo demás cercanamente emparentadas con la que se extendía al sur del río Salado, que es la misma de los tehuelches actuales (subactuales, pues ella acaba de extinguirse), del norte del Chubut, Río Negro y sur del Neuquén. es decir la lengua pre-araucana, günün a yájüch o lengua de los günün a künna, como estos tehuelches septentrionales del sur del Salado se denominaban a sí mismos. (Vale la pena aclarar que los tehuelches meridionales, es decir, los que se extendían desde el río Chubut hacia el sur, hasta el Estrecho, hablaban otra lengua -todavía viva-, muy lejanamente emparentada con las dos que he mencionado). En el centro-sur de la provincia de Buenos Aires, en cambio, la vieja dura lengua de los tehuelches septentrionales fue documentada como sobreviviente (sierras de Tandil y de la Ventana) en 1865 por el notable naturalista suizo, Claraz, y por ende ha de haberse conservado todavía algunos años más. Llegó hasta este siglo, primeros lustros, en San Javier, en las cercanías de Patagones-Viedma, en la "tribu" amiga de los Linares. Hasta 1960, si no yerro, en que murió el último hablante auténtico, en el centro-norte del Chubut, en donde se conservan sus restos... y se conservan sus descendientes, con cacique y todo. Por lo menos ésta era la realidad hasta cuatro o cinco años: Don Juan Yanquetruz, vivo por entonces, es nieto, sin más, del celebérrimo José María Yanquetruz, el más grande de los caciques tehuelches septentrionales, señor del sur de Buenos Aires al propio tiempo que del río Negro y del sur de Neuquén; el mismo que, en feroz batalla, en San Antonio de Itaola, ultimó al coronel Otamendo con ¡ochenta hombres! El mismo que, por su estatura, capaz de oponerse a Callfucurá, por entonces en coqueteos con Urquiza, celebró, o iniciativa del Gobierno de Buenos Aires, un pacto de ayuda con Mitre...
   Era tehuelche septentrional puro José María Yanquetruz, a pesar de su nombre araucano. Lo era Catriel el Viejo, a pesar de lo mismo; lo eran Chokori y Shaihueque (padre e hijo), aquél sableado por Rosas, éste, señor de Las Manzanas (sur del Neuquén) en tiempos de Moreno y Musters.
Todos estos ejemplos para que se entienda que la araucanización más que un traslado masivo de tribus, de hombres, fue un proceso, una especie de oleada, la que por su índole, esencialmente cultural, y por el hecho de transitar por encima de pueblos intermedios, es denominada por algunos antropólogos "transculturación".
   Así la mayoría de los indígenas del ámbito extraandino oriental, según he dicho, para mediados del siglo pasado (o mejor, antes de la Conquista del Desierto, que comenzó poco antes del 80) eran de abolengo local, aculturados o transculturados. Con creciente sangre araucana, sin duda, y hablantes de esa lengua (aunque en parte bilingües), y alternando el "quillango" de pieles -tehuelche- por el poncho tejido -araucano- pero conservando -e imponiendo- el toldo y la boleadora locales...
   Entonces ¿no hubo araucanos, mapuches propiamente dichos en ese ámbito) Sí, por cierto, pero sólo comenzaron a cruzar la Cordillera -en general, por los pasos del sur del Neuquén- y a radicarse en el (norte de Buenos Aires y centro y límite con La Pampa) a comienzos del siglo pasado. San Melín, Alún, Rondeau, Cañuequir, Coliqueo, y otros nombres famosos. No Callfucurá, en cambio -tomado hoy erróneamente como símbolo de lo araucano-, ya que éste era cordillerano, geográficamente "chileno" si se quiere, pero no mapuche; para nada. Antes bien, un terrible enemigo de los mapuches propiamente dichos o "vorogas", como se lo denominaba en las pampas. Como pueden atestiguarlo los descendientes de aquellos tres caciques nombrados en primer término, lanceados sin piedad por Callfucurá en un célebre malón previo a su radicación en ello- como eslabón de punta de una cadena que se prolongaba, a través de Neuquén, hasta sus dominios antiguos del volcán Llaima en la cordillera. Así es la historia.
   Pero la Conquista del Desierto habría de enrasarlo todo: los indígenas de origen araucano y andino (los "ranqueles" del norte de La Pampa, sur de Córdoba, San Luis y Santa Fe; Namuncurá, el hijo de Callfucurá...) se retiraron a Chile. Los de abolengo tehuelche patagónico directo (los Catriel, Shaihueque), hacia el sur, hacia sus raíces. Algunos volvieron después a sus lares de ocupantes huincas, y ahora sí convertidos en pastores sedentarios, y en general o dominante, de ovejas, lo que aceleraría su desastre económico, por falta de conocimientos técnicos para llevar adelante una empresa que ignoraban. El alambrado, la radicación, aceleraron a su vez la decadencia cultural. Se dispersaron los viejos núcleos, murieron los viejos caciques de prestigio, dejó de practicarse en muchas partes la ceremonia religiosa central, colectiva, el nguillatún (o kamarikun, españolizado en "camaruco"), que tenía la virtud de agruparlos periódicamente. Llegaron, en fin, nuevos inmigrantes, de origen araucano chileno (a comienzos de siglo), de origen no araucano, no indígena, criollos, gringos...
   En medio de esa marea, creciente marea, de cambio irreversible, quedan algunos islotes, pequeñas comunidades, más o menos aisladas, que han conservado su lengua y su religión, especialmente los viejos: en Neuquén, en Río Negro, en Chubut, hasta en ranchos perdidos de La Pampa. No han de pasar de 15.000 ó 20.000 hoy los habitantes de la sonora mapú zungún o lengua araucana. (Quedan en cambio más de 300.000 en Chile, en la Araucanía y partes adyacentes). Y la extinción está próxima: ya los jóvenes no la hablan, esconden su conocimiento, esconden su apellido.
   Es que hemos desconocido, y aun minimizado, su cultura e ignoramos, los huincas, del todo su lengua. Una lengua tan rica y hermosa al oído -lo repito- como la guaraní, la quechua o la aimara. ¿Por qué en otros países, como el Paraguay, se tiene a orgullo la lengua aborigen, una especie de identidad o símbolo nacional, y en el nuestro, es decir, en La Pampa o en la Patagonia, la despreciamos, al par que humillamos a sus portadores?
   Vale la pena meditar en esto, un tema -central- indisolublemente ligado al de la debilidad de toda nuestra tradición cultural (transformada en pérdida franca en los últimos años, a favor del cambio -claro- producido esencialmente por los nuevos medios de comunicación masiva). Pero él trasciende el propósito de este artículo.
   Una reflexión final, sí, para cerrarlo. Y es que si a la fuerza de la cultura criolla de la primera oleada, del primer embate contra la cultura tehuelche-araucana del ámbito reseñado, agregamos la fuerza de esta nueva cultura, universal diré -o anónima-, amorfa tal vez, por definirla de algún modo-, que llega de la misma manera a todos los ranchos por perdidos que estén en la inmensidad pampeana o patagónica, por imperio de la radio... debemos convenir en que su resistencia fue feroz, es implacable. Cuando todavía hoy, en los campos crecientemente despoblados -de hombres y de ovejas- del Chubut noroeste, del Río Negro centro-oeste, o del Neuquén sur, un puñado de hombres y mujeres levanta la bandera del camaruco, en medio de la indiferencia, a ratos despectiva, de los pobladores blancos, en medio de la creciente difusión de los milenarismos (última novedad llegada de Chile, que prende casualmente a favor del desarraigo, del desclasamiento, la miseria...) y comienza su ruego en la venerable lengua, reina de lenguas, de los mapuches; entonces cabe reflexionar en la fuerza moral de esos viejos y jóvenes magníficos, del linaje de Caupolicán allá o Yanquetruz aquí, que se mueren en pie como el roble chileno o el alpataco criollo. Y en su ejemplo!

sábado, 3 de agosto de 2013

Características de la Araucanización al Oriente de los Andes (1985)

Revista Cultura, Hombre, Sociedad (CUHSO) de la Universidad Católica de Temuco, Vol. 2, N°1, 1985. 

Dr. Rodolfo Casamiquela G., Fundación Ameghino, Viedma – Argentina. 

   La presente contribución tiene el carácter de preliminar, o más bien dicho, de una síntesis o resumen de ideas que han de ser expuestas en otro momento, con un desarrollo mucho mayor y las correspondientes citas bibliográficas que abonen los asertos. Es, no obstante, el resultado de muchos años de experiencia en el problema, en ambos lados de los Andes, y sobre ello, de preocupación expresa por la interpretación de los fenómenos sintéticamente expuestos. 
  
1.DEFINICIONES    
Mapuche. Su etimología es muy conocida (araucano mapú "tierra" y che "gente", "gente de la tierra"). Propongo que se lo utilice estrictamente con su sentido originario, es decir, para denominar al pueblo que pobló y puebla la Araucanía propiamente dicha: el valle central entre los ríos Bío-Bío y Toltén, con desbordes hacia la cordillera de la Costa y el mismo litoral marítimo, y hacia la cordillera andina. Me apresuro a aclarar o enfatizar lo del arraigo en el valle central pues el pueblo mapuche, cultivador incipiente, no fue para nada un pueblo de navegantes marinos (ni lacustres-fluviales) ni tampoco un pueblo andino. Por ende, quedan excluidos de la definición de mapuche(s) las etnías o pueblos pehuenche y huiliche (plus cuncos y otros pueblos australes auctorum), con su prolongación en la guirnalda de lagos subandinos del ámbito. De este último pueblo quedan sólo vestigios, en la actualidad, y su distinción es una de las novedades de la investigación reciente, en la que aparte del mío propio se inscribe principalmente el nombre del colega Jorge Fernández. También del lado oriental de la Cordillera estuvo presente este pueblo de indígenas navegantes, de raigambre fueguidocanoera austral, tema desarrollado por el que esto escribe en otros trabajos.

   La restricción del sentido de mapuche a la Araucanía propiamente dicha, involucra o conlleva la proposición de su abandono en la denominación no sólo de los indígenas cordilleranos, sino orientales en general ("araucanos argentino "auctorum"), de abolengo variado, pero desde luego no-mapuche. Todavía a fines del siglo pasado (cf. referencia del viajero Francisco Moreno) los indígenas neuquinos utilizaban la denominación mapuche (s) (o mapun-che) para sí mismos, pues obviamente ellos eran allí las "gentes de la tierra". Del mismo modo, hasta su extinción, hace tres lustros, los indígenas tehuelches septentrionales del Chubut, expresándose en araucano, utilizaban la fórmula mapú-zungún, "lengua de la tierra", para referirse a la tehuelche y no a la araucana.

   De lo anterior se desprenden además dos consideraciones: la primera, que también en la Araucanía es frecuente el uso de mapu-che(s) por mapu-che(s), o de mapún-zungún por mapú-zungún; la segunda, que desde que existe una denominación para la lengua (araucana), es incorrecto, con un enfoque purista, hablar de "lengua mapuche" o "del mapuche" refiriéndose a la lengua.

   Araucano. Su etimología, araucano-hispana, es igualmente conocida: deriva de rag-ko "aguada de la tierra utilizada en potería". Es un nombre culto, si se quiere, no utilizado por los indígenas araucanos o mapuche(s) para referirse a sí mismos, con excepción de ciertos "cultos" o muy aculturados.

   Pero sin embargo, a favor de la difusión de "La Araucana" primero, y de toda una literatura, esencialmente histórica después, tanto a la denominación de "araucanos" como la de "Araucanía" tiene prestigio universal. Del mismo modo que para el reemplazo últimamente propuesto de alacalufe (o variantes) por qawasqar (o variantes), su adopción implica el riesgo de la incomprensión de la mayoría de los americanistas de todo el mundo. Para este último caso yo recomiendo su utilización con la aclaración de alacalufe entre paréntesis.

   Para la utilización de mapuche, en cambio, recomiendo coherentemente el agregado de la aclaración, entre paréntesis, de "araucanos sensu stricto o propiamente dichos", es decir habitantes de la Araucanía (propiamente dicha). Lo mismo vale para "araucano" en singular, o "lo araucano".

   Pues "lo araucano" en sentido lato... es otra historia. Para mí involucra una distinción clara -aparte de lo ya expuesto- por consideraciones de un carácter más general, teórico tal vez si se prefiere.
   Quiero referirme a la “araucanización”.

   Este proceso -a cuyo carácter me referiré infra-, si enfocado temporalmente, es desde luego anterior, muy anterior, a la gestación del pueblo mapuche. Como es sabido, la tarea arqueológica descubre cada vez más relaciones entre lo que, de un modo práctico seguirle llamando aquí "molloide" (pese a las recomendaciones de los colegas chilenos para que se abandone el rótulo) por comodidad, en especial en los aspectos materiales, y la cultura mapuche histórica. Complementariamente, en tiempos históricos gravitaron en el centro de Chile otros pueblos hablantes de la lengua araucana, "araucanizados" por ende (o, "araucanos" si se prefiere en un sentido muy amplio) que para nada se sintieron mapuche(s) -como los promoucaes, etcétera. Y ahora que digo que no se sintieron mapuches... caigo en la cuenta de que el nombre Mapocho deriva claramente de mapuche..., con lo que lo que ha debido suceder es que los cronistas no recogieron sus auto-denominaciones: tal vez varios pueblos diferentes se denominaron mapu-che(s) a sí mismos, por ser las gentes de la tierra en cada sitio. Lo que no hace sino traer a Chile el ejemplo neuquino antes expuesto y reforzar la necesidad de utilizar el rótulo generalizado para denominar a todos los pueblos araucanizados. ¡Así!

   Tornando precisamente a la araucanización, es decir al proceso de araucanización, si enfocado geográficamente ahora, en tiempos estrictamente históricos trasciende o desborda el área o territorio mapuche propiamente dicho, o Araucanía sensu stricto: un ejemplo notable de esto es que la araucanización del norte de la provincia del Neuquén se produjo, sí, desde Chile... pero a partir de focos ubicados al norte del Bío-Bío, es decir no desde la Araucanía. Dicho de otro modo, no se trata de mapuchización en sentido estricto, sino de "araucanización" (en mi propio sentido).
   Es decir, resumiendo, quiero proponer:

   a) Que se reserve el nombre de mapuche(s) para los indígenas de la Araucanía propiamente dicha, definida como dije supra. Que se utilice preferentemente la denominación mapú-zungún (o mapú-dungun) para referirse a la lengua. Con la aclaración de que las variantes en mapún son perfectamente válidas.

   b) Que se utilice la denominación araucano(s) sensu stricto o propiamente dicho(s) como sinónimo de lo anterior, es decir para aludir a los mapuches propiamente dichos o a su cultura.

   c) Que se utilice la denominación o rótulo "araucano(s)" sin más, o sensu lato si se quiere enfatizar, para todos los pueblos araucanizados y su cultura.

   d) Que se utilice el rótulo de "araucanización" para el proceso que llevó a la gestación de los pueblos de cultura semejante a la mapuche, encontrados por los conquistadores en el centro de Chile y para la extensión de ella a otros, chilenos o argentinos (es decir australes, andinos y orientales). 

2. CARACTERÍSTICAS DE LA ARAUCANIZACIÓN    
   Con un enfoque temporal, o si se refiere desde el punto de vista histórico o de gestación de "lo araucano", parece que hay que remontarse a un proceso lento y de larga data, que tomaría origen inmediato en la región de Chile Chico: me refiero a la expansión de ciertas fases de la "cultura Molle", a lo largo de buena parte de la era cristiana. Los trabajos de los últimos años demuestran de manera irrefutable las analogías entre determinados aspectos materiales (como la cerámica, las pipas) de aquéllas y la cultura histórica de los mapuche(s). El pueblo mapuche no sería sino una de las formas epigonales de ese desarrollo. Esto parece claro y es crecientemente aceptado en Chile.

   Pero... en cuanto a los aspectos espirituales (amén de algunos de orden material como el tejido, los instrumentos musicales, etcétera -temas a discutir aparte)... confieso mantener muchas reservas.
En cuanto a la religión -por ejemplo-, el énfasis notable en el vulcanismo, para citar un solo rasgo, me ha hecho pensar muchas veces en una génesis andino-cercana más bien que continental o interior (y no ha de olvidarse que las influencias de la araucanización discurrieron históricamente primero de norte a sur por el valle central). Claro que puede tratarse de rasgos andinos "importados", pero... no sé por qué se me ocurre que se trata de un fenómeno local, es decir de rasgos andinos pehuenche(s), adoptados por los mapuche(s). Queda por ahora sólo como una intuición.
   Algo parecido sospecho para la lengua (mapú-zungun o araucano), aunque para este caso tengo algunos argumentos, si bien confieso que bastante débiles. El fundamental es que los conquistadores la encontraron fresca desde prácticamente Coquimbo hasta el Toltén y... en franca expansión hacia el sur, hasta el archipiélago de Chiloé. Con lo que, bien la lengua había sufrido una re-vitalización que la impulsaba a expandirse (en alas de una expansión cultural general), bien... no se trataba de la vieja lengua de tradición "molloide" sino de una nueva lengua que acababa, procedente de un norte ignoto, de advenir al ámbito, en el que se expandía hacia la época de la conquista con la fuerza de los fenómenos jóvenes. Queda igualmente abierta la cuestión.

   En cuanto a las características de la araucanización en tiempos estrictamente históricos, es decir el oriente de los Andes (y antes a la Cordillera, desde luego) y el sur del Toltén, vayan sólo dos palabras con respecto a su esencia, a lo diferencial con respecto a otros proceso de aculturación (y/o dominación) o por lo menos con respecto a la imagen que tenemos (que se nos ha enseñado) de las características de tales procesos.

   Quiero que quede claro, explícitamente aseverado, que la araucanización al oriente de los Andes precedió en más de un siglo a la presencia física de los mapuche(s) en suelo oriental. Dicho de otro modo: que la lengua araucana se hablaba ya en la provincia de Buenos Aires a comienzos del siglo XVIII (los primeros topónimos datan de mediados de ese siglo, si no de antes), siendo que los mapuche(s) o araucanos propiamente dichos sólo habrían de instalarse tímidamente en ella exactamente un siglo después: cuando las guerras intestinas de la Araucanía, derivadas de los enfrentamientos entre patriotas o criollos y realistas, obligaron a pasar la Cordillera a determinados grupos de indígenas (tema bien desarrollado por Guevara).

   Complementariamente, que los pocos indígenas mapuche(s) que se internaron en las pampas del oriente, (y no hablo de la Patagonia porque prácticamente no hubo mapuche(s) nunca al sur del río Limay, o Patagonia en sentido restringido, con exclusión de Neuquén, que es la obligada cabecera de puente de la araucanización) involucionaron -si cabe el término- en su cultura para adaptarse a aquella de los pueblos comarcanos: la caza, ciertamente ya ecuestre, y el pastoreo, igualmente nómada, con su complemento del uso del toldo de cueto, la boleadora y otros elementos. Mientras el resto, es decir estos pueblos comarcanos, o indígenas del territorio oriental, de raigambre esencialmente cazadora, como he dicho, continuaban siendo los dueños de la tierra y continuaban en su cultura material básica -aunque con lentas y progresivas concesiones: la lengua primero, la onomástica (y toponimia) a partir de su adopción; la religión después. Etcétera. En lo material, el tejido, la platería, y, también, un largo etcétera.

   En fin, estas mismas consideraciones valen para los indígenas cordilleranos (los pehuenches siguieron siendo recolectores de piñones, nunca verdaderos cultivadores) y australes. Un ejemplo impresionante es el de los chonos, pueblo de navegantes que prácticamente retuvo su cultura básica (de recolectores y cazadores nómadas de canoa), a partir de la dalca o canoa desarmable, a contrapelo de la araucanización.
   Para estos ejemplos, estos casos en que la cultura (y luego la sangre) transita a través de pueblos (intermedios) prefiero reservar personalmente el rótulo de transculturación.

jueves, 25 de julio de 2013

Los dos mitos europeos más antiguos de América: los gigantes Patagones y la ciudad de los Césares (2007)

Por Rodolfo Casamiquela, extraído de la revista Todo es Historia N°477, abril de 2007.


   No es difícil deducir que la mirada europea sobre los fabulosos descubrimientos haya estado teñida de sus propios prejuicios y fantasías.
   Los cronistas cultos, conocedores de las desventuras de los caballeros andantes, compraron y asimilaron sus encuentros con los primitivos habitantes del nuevo mundo, con los monstruos y personajes fantásticos que pueblan esas novelas. Estos dos mitos dan cuenta de ello.
   Si acorde con las modas actuales de los textos científicos, al tiempo que seleccionara "palabras clave" las fuera explicando, diría: Enrique de Gandia escribió alguna vez que "La ciudad encantada de los Césares es la última leyenda que murió en América y la primera que encantó la infinita soledad del Sur". Al respecto, opino que no tomó en cuenta a la otra, la de "los Gigantes Patagones", tan antigua como aquella. Son dos, pues, los mitos más antiguos de América. Ambos, de origen alóctono -europeo-, claro, porque los de origen autóctono eran simplemente centenas de miles, con arrastre de milenios de años en muchos casos. (Usted sabe, lector, que nosotros llamamos "mitologías" a las religiones de los pueblos "etnográficos"). En fin, "mitos", porque ni hubo en la realidad verdaderos gigantes en la Patagonia ni ¡ay! existió en ella una dorada ciudad cesárea. Y como los Tres Mosqueteros, que eran cuatro, la cuarta palabra clave del título -si bien tácita- es ¡(la) Patagonia! Efectivamente, porque "los dos mitos europeos más antiguos de América" nacieron en ella.
   La voz "Patagonia", la Patagonum regio (Región Patagónica) de Pigafetta, el cronista de la expedición de Magallanes en la que nació el nombre, deriva de "Patagón", voz de etimología desconocida. Me apresuro a aclarar, para usted, lector bien informado, que he dicho "de etimología", no de origen, pues éste (literario, para el caso) es hoy perfectamente conocido[1], a pesar de que, aun en la Patagonia, puedo estimar en por lo menos un 90 % el número de sus pobladores que lo desconocen. Y he aquí uno de los porqué de la decisión de elegir este tema al responder a la gentil invitación de Todo es Historia para sumarme a este número.


EL MITO DE LOS GIGANTES PATAGONES
   Mucho se especuló en un momento sobre la etimología de la voz "patagón"; su cuño, aunque -salvo algún kechuista o afín-, en torno siempre a su presunto significado hispano, portugués, o italiano, de "pata grande"[2], A pesar de las reservas de quienes opinaron que este sentido de la palabra es de origen moderno, lo cierto es que no puede excluirse, pues fue consignado por un par de cronistas españoles (el capitán Gonzalo de Oviedo y Valdés y Francisco López de Gómara) a lo largo del mismo siglo de la expedición de Magallanes. Pero, en tal caso, ¿por qué "patagón" y no simplemente "patón"?.
   Esa simple reflexión[3] me lleva a especular con mayor amplitud en cuanto a esa posible etimología. Dicho de otro modo, personalmente pienso que tanto pudo tratarse de un derivado de pata -aunque no necesariamente su aumentativo- cuanto de alguna otra palabra de origen latino. Para lo primero, puedo echar mano, a guisa de ejemplo, de voces como las francesas pataud o patauger, con el significado respectivo de "niño, individuo de marcha pesada y de maneras dificultosas", y "marchar sobre un suelo fangoso, en un agua barrosa"[4]. O la italiana pataccone, consignada por Morales, aparentemente emparentada con "persona obesa, lenta para operar". Pero además existió pataco -voz rescatada primero por Lehmann-Nitsche en 1923 y hace poco fuertemente apoyada por González[5]-, cuyo significado, en castellano antiguo, gira en torno de los conceptos de "patán, grosero, rústico". 
   Este último autor se refiere largamente a la posibilidad de que la voz, regionalmente, haya sido articulada con "g" en lugar de “k”, patago, lo que es bien posible, lo mismo que el significado aludido para explicar el bautismo de los personajes de la isla mítico-literaria. Pero además, se me ocurre, a título de mero ejemplo, ya que no he hecho estudio particular del tema, una palabra sugestiva como patagio (derivada de patagium), que denomina, en el castellano actual (y en otras lenguas, como el inglés) a una "extensión del cuerpo" de carácter especial, como las alas de las aves o las membranas que unen brazos con piernas en algunos anfibios con cierta capacidad de planear. Con lo que, incluso la palabra italiana a que acabo de referirme, pataccone, bien pudo dar origen a patagón; tal vez no surgió de la obesidad misma de la persona sino de los múltiples pliegues de piel derivados en ella. Para vencer sus reservas iniciales, piénsese que náufrago deriva de naufragio, mago de magia; galo de Galia, greco o griego de Grecia, bretón de Bretaña, y gascón de Gascuña. Reténgase estas ideas, que encontrarán su aplicación poco más adelante.
   Pero, de un modo u otro, el origen etimológico de la voz no importa tanto. Es decir, no importa tanto, para el caso, como el establecer la forma en que la palabra devino, desde las naos de Magallanes hasta llegar hoy a Patagonia, para aplicarse a los aborígenes regionales. Y ahora, después de siglos de incertidumbre, podemos alardear de saberlo. Cosa que todavía no sucedía hace poco más de medio siglo, por lo que los investigadores, eruditos o curiosos sin más, no atinaban a separar, en sus especulaciones etimológicas, lo uno de lo otro, es decir la aplicación de la voz y su posible significado. Al decir "la aplicación" quiero expresar las circunstancias de su aplicación. Dicho de otro modo, pensaban que Magallanes, al observar determinada característica (física o de vestimenta, comportamiento) de los aborígenes en cuestión, había apelado simplemente, para calificarla, al español de su tiempo, y dada prima facie, su aparente relación con la palabra pata, entonces el vocablo patagón aludía a las patas o pies enormes de aquéllos: ¿o acaso no eran gigantes?
   Parece que, desde temprano, algunos críticos desconfiaron de este último aserto -aunque no de la aparente etimología-, y, alternativamente, propusieron que la idea, más bien, pudo haber surgido de la observación sus pisadas, desde que estos salvajes -decían- se envolvían los pies en cueros para combatir el frío. En realidad, debiéramos decir "ni lo uno ni lo otro"[6], pero a esta altura, ya que al pasar adjudiqué al propio Magallanes la autoría del bautismo, corresponde transcribir la oportuna anécdota: "Transcurrieron dos meses sin que viéramos ningún habitante del país. Un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza (...). Dio muestras de gran extrañeza al vernos, y levantando el dedo, quería sin duda decir que nos creía descendidos del cielo. (...) Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados con un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo, (...) Su vestido, o mejor dicho, su manto, estaba hecho de pieles muy bien cosidas, de un animal que abunda en este país. (Armas) Tenía en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, algo más gruesa que la de un laúd, estaba hecha con un intestino del mismo animal; en la otra mano empuñaba unas cuantas flechas de caña pequeñas, que por un extremo tenían plumas como las nuestras y por el otro, en lugar de hierro, una punta de pedernal blanco y negro (...).
   .Junio de 1520. Dos de los gigantes son capturados por la astucia. El capitán quiso retener a los dos más jóvenes y mejor formados para llevarlos con nosotros durante nuestro viaje y conducirlos después a España; pero viendo que era difícil prenderlos por la fuerza, se valió de la astucia siguiente: les dio una gran cantidad de cuchillos, espejos y cuentas de vidrio, de manera que tuvieran las dos manos llenas; enseguida les ofreció dos grillos de hierro, de los que se usan para los presos, y cuando vio que los codiciaban (les gusta extraordinariamente el hierro), y que, además, no podían cogerlos con las manos, les propuso sujetárselos a los tobillos para que se los llevasen más fácilmente; consintieron; y entonces se les aplicaron los grillos y cerraron los anillo, de suerte que de repente se encontraron encadenados. En cuanto se dieron cuenta de la superchería se pusieron furiosos, resoplando, bramando e invocando a Setebos, que es su demonio principal, para que viniese a socorrerlos".
   Este comandante era hombre letrado, y seguramente también hombre de lecturas. No habría muchos a bordo de las naves de su flota, ciertamente, y Pigafetta constituye notable excepción, no sólo por tal sino por haber decidido documentar, por escrito, los sucesos del viaje y, más aún, haberse erigido en adelantado absoluto de los (Antonio de) Viedma, Malaspina, D'Orbigny, por ejemplo, de los siglos XVIII y XIX respecto de observaciones antropológicas, y especialmente etno-lingüísticas. Pues, como pocos saben, este notable investigador registró vocabularios de los muchos pueblos indígenas con que contactó la expedición, entre los cuales se encuentran los propios Patagones. Y lo que sabe todavía menos -incluido yo mismo- ignoran cómo hizo para registrar aceptablemente, conceptos como "Diablo principal" (Setebos). 


SOBRE NOVELAS DE CABALLERÍA
   Existen registros de todos los rubros de bienes que, por aquellos azarosos tiempos, llevaban a bordo los marinos protagonistas de expediciones de largo aliento, para lograr una autonomía completa con respecto a sus bases en Europa. Y, aparte de víveres, ropas y repuestos, destinados al organismo de los hombres y de sus embarcaciones, había otros reservados al alimento del espíritu de aquéllos: me refiero a los libros, y no sólo sagrados como la Biblia, sino profanos, como novelas, y para el caso, novelas de caballería[7], tan en boga por aquellos años en que la fantasía estaba mucho más cerca de la realidad de los sufridos seres humanos.
   "Las llamadas novelas caballerescas, o de caballería, surgieron en el siglo XV, llegaron a su máximo apogeo y difusión en el XVI, y empezaron a decaer y desaparecieron en absoluto en el XVII (...). A fines del siglo XVI este género cayó en un gran descrédito, pues todo en él era falso e irreal, exagerándose las hazañas y el valor de sus héroes hasta límites inverosímiles".
   El género registró pocos textos rescatables desde el punto de vista literario, dice Giusti[8], autor del comentario anterior, a lo largo del siglo XVI. Pero, sin quererlo, alentó, en el subsiguiente, uno destinado a ser el más célebre de todos los tiempos para las letras castellanas: la vida del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra y, precisamente, a su decisión de tomar, contrario sensu, la temática de las novelas de caballería para ridiculizarla. Fue precisamente uno de ellos, suerte de hombre-monstruo, de una de las novelas típicas del género, el que inspiró a Magallanes la idea del mote en cuestión. Se trata de Primaleón, de 1512[9].
   Es interesante consignar que en la conocida requisa -y consiguiente quema- de los libros de caballería de la biblioteca de Don Quijote hecha por el cura, el barbero y el licenciado, con la anuencia de la sobrina de aquel[10], si bien Primaleón no aparece, el libro de Palmerin de Olivia es condenado a la hoguera[11].
   El hallazgo, la "perla", se debe al fino olfato de la investigadora María Rosa Lida, quien -sobre una pista abierta por su colega Mary Patchell, en 1947-, "adivinó" la existencia del "gigante Patagón" en la mencionada obra, que no obstante no llegó a conocer, pues por entonces no se sabía que sobrevivieran ejemplares de ella. Cupo a F.J. Norton ubicar después el único ejemplar de la edición príncipe, en la biblioteca de un coleccionista inglés (la única que pudo conocer Magallanes), y hoy, a estar con Morales[12]. Efectivamente, ¡Lifa había acertado de lleno! En él figura una isla de seres monstruosos, salvajes, dominados por el engendro (epónimo) "Patagón", hijo de una bestia y de una de tales salvajes -al que en definitiva el héroe, el caballero Primaleón, hiere y cautiva. Pero véanse los pasajes pertinentes del libro[13], en los que habla de las características de la isla en cuestión; explica Palantín, hijo del caballero local, a Primaleón, que "... a una parte de esta isla hay muy grandes montañas y de poco tiempo a esta parte moran en ellas una gente muy apartada de todas las otras que hay en ella, porque viven ansí como animales, y son muy bravos y esquivos, y comen carne cruda de lo que cazan por las montañas, / y son ansí como salvajes que no traen sino vestiduras de pieles de las animalias que matan, y son tan desmejadas que es cosa maravillosa de ver. / Mas todo es nada [comparado] con un hombre que agora hay entre ellos, que se llama Patagón. Y este Patagón dicen que lo engendró un animal que hay en aquellas montañas que es el más desemejado que hay en el mundo, / salvo que tiene mucho entendimiento y es muy amigo de las mujeres. Y dicen que hubo que haber con una de aquellas Patagonas, que ansí las llamamos nosotros por salvajes y que aquel animal engendró en ella aquel hijo; y esto tienen en lo por muy cierto, según salió desemejado, que tiene la cara como de can, y las orejas tan grandes que le llegan hasta los hombros, y los dientes muy agudos y grandes, que le salen fuera de la boca retuertos, y los pies de manera de ciervo. Y corre tan ligero que no hay quien lo pueda alcanzar, y algunos que lo han visto dicen de él maravillas, y él anda de continuo por los montes cazando, y trae dos leones de traíllas y trae un arco en sus manos con saetas muy agudas con que hiere (...). Y trae un cuerno a su cuello, y tañéndolo vienen muchos de aquellos patagones a le ayudar..."[14].
   Extraigo de González todavía un fragmento del párrafo en que se relata la captura del monstruo, cuyo gran tamaño se infiere de calificativo "gran": "...Mucho fue ledo [gustoso] Primaleón por hallarlo, que gran parte del día había andado por las montañas buscándolo [...] Patagón tenía una saeta puesta en su arco, y tiró con ella a Primaleón. Y como él traía muy fuertes armas [defensivas], no lo hirió, y él [Patagón]. Y llevaba la lanza en las manos, e hirió a Patagón con ella con toda su fuerza...". Siguen otros pasajes de la feroz lucha, hasta que el héroe logra encadenar -precisamente- al monstruo, muy malherido. "
   ...Déjate de eso dijo él y pensemos cómo llevaremos a este diablo que mucho holgaría de llevarlo ante Gridonía [la infaltable dama del caballero]. Él está tan mal herido dijo Purente que será maravilla poder eso hacer, mas todavía busquemos el remedio para llevarlo, y él se apeó y fue por la cadena en que el gran Pátagón traía los leones [muertos por el héroe] y Primaleón cuando lo vio fue muy ledo / y ambos dos fueron a Patagón y echáronle a la garganta, aunque hacía tales cosas que los espantaba que daba grandes bramidos...".
   Estos últimos párrafos que tomo de Morales[15], merecen los siguientes comentarios: 1) Patagón es el monstruo híbrido, salvaje por excelencia, y por extensión se denomina así a los restantes indígenas, varones y mujeres (también disformes pero más humanos). 2) Comen carne cruda, a la manera de los indígenas de San Julián, que la comían sangrante; carne de las presas que cazan con arco y flechas; se visten con pieles de esas mismas presas. En fin, también a éstos los encadenaron -mediante un subterfugio- para poder dominarlos y llevarlos, lo que provocó su desesperación e ira. Como se ve, no hace falta más: está clarísima la fuente en que abrevó Magallanes.
   Pero falta el rabo por desollar -o dicho de otro modo, falta un rasgo físico por valorar: ¡las enormes orejas!, ya lo habrá anticipado el lector. Pues, clarísimo está también, ellas, colgantes, constituirían un patagio de primer orden. Así, patagón -según se deduce de los ejemplos vistos antes, como bretón -¡y aun Primaleón!-, valdría como "de piel colgante"; para el caso "orejudo". No tan malo, convengamos, como explicación posible para la escurridiza etimología. Queda hecha la sugestión. 


DEMASIADO ALTOS
   Magallanes tenía necesidad, aparte de sus instrucciones en tal sentido, de llevar a Europa y presentar a los reyes, las piezas humanas representativas que pudiera capturar, prueba de sus relatos, de contactos étnicos y aventuras. (Y para el caso, ¿prueba igualmente de que había topado con Gigantes como aseveró Pigafetta?). La pregunta encerrada entre paréntesis, referida al presunto gigantismo de los Patagones, surgió muy rápido a partir de la visita de Magallanes a las tierras australes de América del Sur que denominó "Regione Patagonia" o "Región de los Patagones" como llamó "Streto Patagonico" al estrecho que hoy inmortaliza su nombre. Y, desde entonces -hasta hoy, según se ve- suscitó innumerables respuestas, positivas, neutras y negativas.
   No voy a reseñarlas; simplemente transcribiré algunas de las más representativas: López de Gómara, contemporáneo de Magallanes, midió a un patagón capturado: "Once palmos de alto"[16] (2,30 metros); el corsario Francis Drake, antes de terminar ese mismo siglo XVI: "... 7 pies y medio describe la altura de los más altos entre ellos"[17] (más de 2,15 metros); John Narborough: "una media de cinco pies y diez pulgadas, es decir 1,75"[18], (1,80); Enrique Ibar Sierra: "altura máxima 1,92 metros"[19]; Moreno, en 1877, midió un tehuelche meridional boreal de 1,90 metro: "En el mismo año del viaje de Musters (1870), el naturalista a bordo de la Nassau medía en 2,10 metros la estatura de un viejo patagón...". Entre los autores más antiguos -comenta Imbelloni, de quien tomo lo anterior[20]-, hombres de 2,73 metros fueron vistos por el Comodoro Byron; otros de 2 metros por Wallis y Carteret por una parte, y De Boungainville por la otra. Bourne los vio de 2, 13 metros; Mayne, de 2,09 y Comerson de 2,10. Por su parte D'Orbigny midió a hombres de 1,92 metros, al igual que Rogers; Prichard en época más reciente también los vió de 1,93 metros". A esos datos puedo agregar dos o tres de mi cosecha. 1) Sobre fotografías a) Tres fotografías del cacique tehuelche meridional austral Silcacho (Ssülkáulchü), con su esposa[21]. A juzgar por las medidas presumibles de elementos de su ropa, el hombre habría medido poco más de 2 metros. Tal talla estaría confirmada, indirectamente, por la aseveración de quien lo conociera personalmente, el indígena surneuquino Féliz Manquel: "Lo único que muy conocido el cacique allá del cerro Palique, en Río Gallegos pa' este la'o; ¿no? Y ahí un cacique que se llama Sakaucho; ése tenía dos metros y cinco. El hombre más alto que conocí yo en mi vida es ese"[22]. b) Las fotos de los indígenas tehuelches meridionales boreales (¡atención!) del grupo del cacique Orqueque (Ólsk'elk'enk'), capturado como secuela de la "Conquista del Desierto" en Puerto Deseado, en 1881. El cartabón para el caso, es el doctor Spegazzini, quien sus descendientes estiman debió medir ¡1,85!, poco más alto que Háddü, la esposa de Ólsk'elk'enk', que según Musters, medía poco más de 1,80m, en cuyo caso las torres humanas a sus costados sobrepasaban los 2 metros[23].
   2) Sobre esqueletos y cadáveres: En fin, el esqueleto de un individuo exhumado en la península Valdés en 1915, por el naturalista-viajero del Museo Rivadavia de Buenos Aires, Doello Jurado, medía por lo menos ¡2,15!, a juzgar por el lago de la tibia, 493mm, ilustrada en tamaño natural[24], y por las dimensiones colosales de la mandíbula: que puede sobreponerse perfectamente a aquella de un hombre normal; asimismo, estimo la antigüedad arqueológica del hallazgo en unos 300 años. También existe un cadáver, de un tehuelche recientemente muerto, sacado de su tumba por el viajero-coleccionista De la Vaulx en el suroeste del Chubut en 1886, que medía 1,98 metro[25].
   En resumen, los individuos de referencia -unos pocos ejemplos entre mil posibles, que se han perdido- no eran gigantes, o mejor dicho, no lo eran de manera absoluta, en lo que a talla se refiere. Pues tanto usted, lector, como yo (que he alcanzado alguna vez casi el 1,80 metro) recurríamos a esa expresión a partir, digamos, de los 3 metros, o cosa así. Pero... (cuidado), vayamos por partes. Porque creo que ni usted ni yo llamaríamos "gigante" a un individuo de esos 3 metros pero de extrema delgadez, longilíneo puro. Diríamos si que es "altísimo", pero... para incluirlo en el concepto cabal (tácito) de "gigante" al personaje le faltarían osamenta y musculatura poderosas, y más aún, adiposidad, volumen en fin y correlacionadamente peso.
   ¡Esa es la idea! Y a esa luz, en el concepto cabal -repito- los patagones pudieron muy bien aparecer como gigantes...[26]. Falta agregar: "Para los españoles (o peninsulares) de los siglos XVI a XVII", pues éstos eran hombres pequeños, y aun muy pequeños (en 1,52 metro se estima la estatura del propio Magallanes[27]) - y de allí el adverbio "potencialmente" utilizado antes. Para un europeo peninsular de la época, convengamos, un patagón de 2 metros de alto y corpulencia colosal, no parecía un gigante, ¡lo era!


FILIACIÓN ÉTNICA DE LOS GIGANTES
   La dejé señalada al pasar, al pedir atención con respecto al rótulo de "Tehuelches Meridionales boreales". Es que, en primer lugar, "Tehuelches" es simplemente designación gentilicia alternativa (moderna) para "Patagones". La voz de origen araucano ("mapuche"), fue acuñada en el ámbito bonaerense a lo largo del siglo XVIII, época en que, a favor de la posesión masiva del caballo (europeo), nuestros patagones comenzaban a llegar a él con asiduidad, en plan, precisamente, de búsqueda de caballos, y de comercio.
   Gigantes rústicos desprovistos todavía de la distinción que daba el roce con los indígenas transcordilleranos (los aucache del sur del hoy Chile continental, araucanizados) y con los blancos -léase tejidos, platería, armas de acero y cotas, alcohol, etcétera-, fueron vistos como salvajes (¡"bárbaros"![28]) por los indigenas regionales, autores de la denominación, en la lengua que, por entonces, se imponía como lengua franca, o quizá mejor, lengua del parlamento (de indígenas con indígenas y con españoles): el araucano (mapuche).
   La voz deriva de chewul-che, en que la segunda parte es "gente", y la primera (sinónimo de auka) precisamente "salvaje, bárbaro". Todavía, en la campaña patagónica, los pobladores más viejos, indígenas o criollos, dicen chewelche o chewelcho, no tehuelche.
   Segundo, en mi propia nomenclatura étnica -en general hoy aceptada entre los (escasos) cultores de la etnología patagónico-pampeana-, tal rótulo cobija a un par de grandes etnias o pueblos (macro-etnias), en tiempos de la conquista europea establecidas en territorio patagónico al sur de la línea de los ríos Limay-Negro hasta grosso modo el río Chubut. Los Tehuelches Septentrionales, y desde allí hasta el Estrecho de los Tehuelches Meridionales. Un continuum racial y cultural, -¡según vimos!. de fuerte osamenta y corpulencia, cráneo largo (dolicocéfalos), coloración cobriza y aspecto mongoloide. Pero, para desconcierto de los lingüistas, que definen a las etnias por su lengua, beneficiaros de dos idiomas diferentes aunque emparentados. El meridional, además, con un potencial suficiente como para dar cabida a dos formas, clasificables como dialectos, aunque ¡ay! una de ellas sólo esté representara por vocabularios. La expresión de sentimiento es porque, precisamente se trata del dialecto que recogió Pigafetta, es decir el que hablaban los patagones de Magallanes, o propiamente dichos. Me apresuro a explicar todo esto.
   En la nomenclatura étnica de referencia, los tehuelches (patagones en sentido lato) se subdividen a su vez en dos sub-etnias, la una ubicada entre (grosso modo) el río Chubut por el norte y el río Santa Cruz por el sur; y la otra, entre dicho poderoso curso de agua dulce, y el Estrecho, mucho más poderoso pero de agua salada. Los segundos son tehuelches meridionales australes, y los primeros, los tehuelches meridionales boreales. Desde que Magallanes contactó con los tehuelches meridionales en San Julián, y este puerto está ubicado entre los ríos Chubut y Santa Cruz, estos últimos, los tehuelches meridionales boreales, son sus "patagones" (o patagones en sentido estricto). Los tehuelches fotografiados en 1881 y el individuo cuyo cadáver midió De la Vaulx, lo eran. Y también Kop'achüss, muerto en 1939, prototípico, mongoloide perfecto. 

SIMPLEMENTE PATAGONES
   Los patagones (en sentido lato) o tehuelches se desgranaban en pequeñas partidas (bandas) de base familiar, encabezadas por un personaje de abolengo, al que secundaban en sus decisiones algunos hombres (incluso mujeres en algún caso), viejos, y, cuando intervenía lo sagrado, el hechicero (hombre casi siempre).
   Estas partidas se movían (en un escenario geográfico considerado propio, aunque compartido con otras partidas), obviamente a pie antes de la conquista, según itinerarios y objetivos previamente decididos: jornadas, caza, recolección, búsqueda de materias primas, etcétera. Los hombres aportaban las presas mayores, como el guanaco y el avestruz, y por ello se los define como "cazadores" o "grandes cazadores", en fin individuos esencialmente vinculados con la economía de la caza, que practicaban a través del uso del arco y la flecha y la boleadora y técnicas complementarias, como los señuelos y redes. La recolección, complemento de la dieta, era responsabilidad de las mujeres, encargadas además de la cocina y todo lo relacionado con el mundillo doméstico, incluidos el armado y desarmado de los toldos (de cueros de guanaco, cupuliformes) en que habitaban, y su transporte, la confección de las grandes capas (de cueros de guanaco también, pero en este caso de neonatos y nonatos), etcétera. Por consiguiente, lector, cabe definirlos como "cazadores y recolectores nómadas".
   Y sin embargo, hubo un visionario hermoso, rey de la fantasía, que los definió de otra manera. A través de algunos ejemplos, véase ¡de que manera!, los pinto en 1767, en carta al doctor Maty, secretario de la Royal Society de Londres, el abate Francois-Gabriel Coyer[29]: "...En cuanto a las instituciones morales de la Patagonia, tiene por finalidad lograr todas las virtudes sociales: no se conforman en aquel vasto establecimiento de educación con decirles a los niños: tenéis que ser compasivos, justos, humanos, generosos, agradecidos, pacientes, laboriosos, temperantes, obedientes a las leyes, a los magistrados, al príncipe. Los obligan diariamente a poner en práctica estos principios (...). A nadie se le permite hacerse justicia por sí mismo; pero si el más fuerte tuviera la ocurrencia de maltratar al más débil, el castigo sería muy severo. Hay jueces, elegidos entre los mismos jóvenes, que deben pronunciarse sobre todas las faltas y todos los diferendos. También eligen un príncipe, réplica del que gobierna a la nación: escuela de obediencia y amor. El libro que más se lee es el de las leyes...
   "Los patagones tiene una capital más extendida que la más grande de las ciudades europeas, pero falta mucho para que se igualen en cuanto a población.
   “Un hermoso río la atraviesa, cruzado por puentes de largo y altura prodigiosos. Unos ediles carentes de gusto habían permitido la construcción de casas sobre estos puentes; la posteridad las echó abajo; nada lleva la impronta de la magnificencia del arte, pero todo es cómodo: calles muy anchas, limpias y rectas, un gran número de amplios mercados; fuentes abundantes repartidas en todos los barrios y baños públicos, edificios enormes que embellecen la ciudad, al mismo tiempo que le proporcionan limpieza y salud a todo el mundo..." ¡Los patagones, habitantes de ciudades, con todas las comodidades, y... ¡A que usted, lector, pensó en la "Ciudad de los Césares"!

LA CIUDAD DE LOS CÉSARES
   No había ciudades en la Patagonia del siglo XVI. Ni las hubo, claro, hasta fines del siglo XVIII. Por ende, no había "ciudad de los Césares"; y sin embargo, durante casi tres siglos, todo el XVII y el XVIII, diferentes visionarios -laicos y religiosos- soñaron con ella y la buscaron. Hasta la muerte, literalmente, como en el caso del misionero jesuita Mascardi, en la década de 1660. "Por espacio de trescientos años -dice el historiador Enrique de Gandía-, esta leyenda enloqueció a guerreros y frailes, arrastrándolos como fascinados de un extremo a otro de la Patagonia".
   Los orígenes del mito son vaguísimos, y los elementos comunes a todas las versiones se remiten a un naufragio sobre la margen norte del estrecho de Magallanes. Los náufragos, al intentar llegar a tierras españolas, habrían tenido la fortuna de encontrar ciertos indígenas que vivían en una suerte de Edén, en que el oro era considerado un simple metal más.
   De la unión habría surgido, entre otras, la "ciudad del César" nombre puesto, según algunos, por su fundador; según otros en homenaje a Carlos V. Sus habitantes -inmortales- serían, pues, "Los Césares". Ya hacia fines del siglo XVI se organizaron expediciones al sur para ubicar a este "El dorado". A comienzos del siguiente, XVII, Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), y luego Gerónimo Luis de Cabrera, las tentaron desde Córdoba (para arribar al río Negro y al sur de la actual Neuquén).
   En 1621 Diego Flores de León intentó el descubrimiento y cruzó los Andes desde Chile, en latitudes australes. En 1665 Mascardi se lanzó al sur -¡siempre al sur!- desde Nahuel Huapi y se internó en la Patagonia, sin encontrar nada. Tras un segundo intento, en 1672, también fallido, intentó uno más al año siguiente, que resultó el postrero: lo ultimaron los tehuelches, parece, en latitudes de la actual provincia de Santa Cruz.
   Pese a su fracaso, y al de otros visionarios, todavía en 1764 Ignacio Pinuer, escribía que "de su existencia no resta duda. Por cuanto aseguro en nombre Dios, nuestro Señor, y esta señal de la Cruz, y mi palabra de honor. Por algo, la "Isla de los Césares" en San Blas, sur de Buenos Aires, lleva ese nombre.
   Claro que Buenos Aires no es Patagonia en el sentido estricto (más bien estrictísimo, en que se usó antes, es decir el territorio -oriental- que se extiende al sur de los ríos Limay-Negro). Es cierto. Pero es que no expliqué todavía que, en realidad, si bien terminó por ubicarse en su territorio, y más aún, es sus confines australes, se originó en áreas mucho más septentrionales. Veamos.
   Según de Gandía, fue una "entrada" hecha por el capitán Francisco César, quien en 1529, con permiso de Gaboto, salió desde el Fuerte Santi Spiritu (en la actual Santa Fe) y se encaminó al oeste, con algunos hombres. En un mes y medio regresó, con el relato -fantástico- "de que había tanta riqueza que era maravilla, de oro e plata o piedras preciosas e otras cosas". De Gandia, sensatamente piensa que todo lo que hizo fue tomar noticias de los incas...
   A lo largo de ese siglo, no obstante, ante tanto fracaso, comenzaban a germinar las semillas de la duda, José de Moraleda y Montero, marino español notable al servicio de Chile, conocedor de gran parte del islario austral de ese territorio, por ejemplo, descreía de su veracidad. Escribió, en 1794[30]:
   "Ya que tratamos de Palena, no nos parece impropio decir aquí que su estero y río han sido y aún son, de algunos años a esta parte, famoso objeto de las conservaciones misteriosas de los más de los habitantes de la provincia de Chiloé y de la cuidadosa indagación de algunos de ellos, como lo prueban las varias expediciones que han hecho a uno y otro, con la vana solicitud de hallar la incógnita ciudad de los Césares y de otras gentes europeas que se supone existen con el nombre de Santa Mónica del Valle, Argüello, etc., en el continente patagónico, según unos, originadas de los españoles que poblaban las ciudades de Osorno, Infantes y demás que destruyeron los indios en la sublevación general de ellos, del mismo siglo XVI en que aquellas se fundaron; y según otros, por las gentes salvadas de naufragios ocurridos en las costas de dicho continente, o por los extranjeros establecidos en él con miras ambiciosas y hostiles.
   "La primera expedición de los habitantes de Chiloé -prosigue- al citado Palena la hicieron el año 1762 los mismos regulares extinguidos padres José García y Juan Vicuña que cité (...)". La segunda fue el año de 1778, dispuesta por los misioneros franciscanos de la provincia en dicha solicitud y la de hallar indios infieles en que ejercer más extensamente su ministerio, la cual pusieron a cargo de sus hermanos fray Norberto Fernández y fray Felipe Sánchez, dirigidos por Nahuelguin, indio de la capilla de Tehí, el que aseguraba haber visto una ciudad anteriormente (...). D. Miguel Barrientos con sus tres hijos, José Diego y Dionisio, desde el año de 1775 han hecho varias expediciones registrando dichos esteros y otros con el mismo objeto y movidos por las relaciones de memoria de sus compatriotas, y en los años 83 y 86 han sido directores del R.P.Fr. Francisco Menéndez en las dos entradas que ha hecho por el estero de Comau o Leteu (...)".
   Después de narrar todavía otros intentos, por supuesto fallidos, desde Chile, transcribe la carta al Rey de relación de la expedición (mítica en mayor medida) de Silvestre Antonio Diaz de Rojas, desde Buenos Aires, según un documento que "anda en manos de varios de la provincia", y que no vale la pena copiar por -aparte de muy conocido- estar hoy al alcance del lector en las obras completas de De Angelis, el archivero de Rosas[31].
   Luego procede a su crítica, destructiva, y la generaliza a toda la fantasía en torno a la ciudad encantada. Remata[32]: "Y también diré que presumo tienen que saltar los terribles barrancos que presenta la historia de estos últimos siglos los que opinan por establecimientos con tales circunstancias, y mucho más los que aseveran y creen, pues ciertamente en cuanto yo he leído sobre el asunto (...) nada me ha parecido hallar que pudiera mover asenso alguno a tales noticias, mucho menos a formar expediciones al intento; además que los míseros indios que sueltan semejantes especies con el aire misterioso que les es genial o artificioso común, y en países pobres, cuales son Valdivia y Chiloé, y los españoles que se las creen y las promueven en los tribunales superiores, todos lucran en dichas expediciones y se utilizan a proporción de su estado y miras particulares que cada uno lleva en promover aquéllas. Dedúzcase". 

VIGENCIA DEL MITO
    Pero el siglo XVIII no habría de terminar sin la intención de búsqueda de otro creyente; a juzgar por las empresas que tentó[33], un verdadero fanático el franciscano Francisco Menéndez. Véanse simplemente las motivaciones que expuso en la primera de sus tremendas expediciones, que involucraron el reiterado cruce de la Cordillera Andina: "Diario de la expedición que yo, Frai Francisco Menéndez, misionero (...) hizo desde Chiloé en busca de la laguna llamada Nahuelhuapi, con el objeto de descubrir los césares y osoneses que se supone existente al S.E de dicho archipiélago..."[34].
   Pero la fantasía no se agotó con el siglo, sin embargo. Porque todavía una centuria después, en 1880, y esta vez un hombre de ciencia, geógrafo de prestigio y culto, Estanislao Zeballos, al aludir a un misterioso montecillo de durazneros ubicado en el enclave centro-pampeano de Ligué Calel, se preguntaba si no habría allí una población española, perdida, inspiradora, de algún modo, del mito inasible.
   Como corresponde, si de fantasía se trata, el asunto, a su vez dio pábulo a la inspiración del poeta[35]: "¡Emblemas! Hay emblemas, signos/ de hechicería, pinturas/ que no entendimos: conjuros o quizá/ códices de los infieles. ¡Vimos/ la marca, el rastro hendido de la pezuña/ del Malo, entre las peñas/ de aquella sierra,/ de aquel famoso monte que se alza( solo, perdido como ínsula en medio de los llanos,/ tras un río salobre!... / / Así habló/ el añoso guerrero desvario, relato/ de alucinado sus palabras, roídas/ sus ropas de otra edad, polvosa/ la barba como crin y manchada/ de vino. Así gritaba, en las tabernas de/ Santiago del Nuevo Extremo,/ ese Villegas que venía -según/ pretende-, de tras la Cordillera/ Nevada, de los desiertos/ donde ni él ni nadie estuvieron/ nunca. / / Y siguiendo el río desde los ventisqueros/ en que nace, más de cien leguas bajamos/ entre bosques de espina, por arenales/ sin fin, y junto a un lago/ brumoso, en la sierra que ellos llaman/ la Casa del Cherrufe, levantamos/ nuestro real. No es tierra/ de semetera, y sus alturas color de sangre seca. Después/ poblamos en un valle/ oculto, junto a un arroyo/ de acuchillada luna, a un manantial de pétalos/ azules. Y sojuzgué a las gentes del país... / / ¡Calla de una vez, guerrero,/ que el vino te hace delirar, o acaso/ la bruma eterna de ese lago/ que mientes, de ese lago/ que suelas, o que mientes para soñar,/ toda esa niebla la has traído/ en tu cabeza, y brillazón es tu memoria, humo/ de lejanía tus palabras! / / Y ya no porfiamos en demanda/ de la mar. Yo buscaba/ el oro. Pregunté, exigí,/ y el potro y el cepo y el látigo no descansaron/ sobre los cuerpos, sobre las espaldas/ cobrizas. El oro. Los caciques/ callaban, y ni el tormento ni la amenaza ni la dádiva/ los hicieron hablar; y murieron. El oro. Yo sabía/ que en algún recodo de esa áspera comarca/ se ocultaba el venero, y subí/ solo, por los peñascos donde encontré las pinturas/ del Diablo. Y la bruma/ crecía desde el gran lago: los infieles/ se revelaron; hubo batalla/ tras batalla. El oro. Mi tropa murmuraba/ de ánimos y sombras, de no sé qué silbo/ embrujado, por las quebradas del alba. El miedo/ los empujó a la sinrazón. ¡Locos! Muchos/ de los nuestros cayeron; y otros, en sigilo, una noche/ emprendieron la marcha sin destino hacia el Norte,/ costeando los esteros, en busca/ de poblaciones cristianas o de la muerte... ¡Locos! / / La algarabía/ de la taberna, canciones y juramentos, el resollar/ de las cabalgaduras bajo el alero, ahogaron/ su voz. Pero aunque nadie -ni uno solo-/ ya lo escuchaba, él continuó entre blasfemias, entre hipos,/ su discurso sin seso:/ ‘Quedé el último. La estrella/ fugaz, centella o astro/ maligno, que entre los cerros tiene/ morada, me seguía/ Noche tras noche, en esas cumbres/ de Ligué Calel la vi brillar; cegadora, me llamaba, me/ maldecía; y yo, abandonado,/ me alimenté de raíces y bayas y alimañas/ del campo. ¡El oro/ se reía, las vetas, los ramos enterrados del oro/ se reían, en silencio del desierto, en el espantoso/ silencio, con una interminable carcajada,/ y en los riscos que fui dejando atrás ardía/ la centella del Diablo que ellos llaman Cherrufel Y albeaba apenas. El oro...".
   Pero la ilusión no desaparece nunca, y de este modo, no faltó quien propusiera todavía -¡en pleno siglo XX!- que el nombre de la ciudad fantasma pudiera haberse perpetuado a través de los aborígenes patagónicos. Para el caso, César Kaike, topónimo de Puerto Deseado... Pero que, lamentablemente, no alude a una ciudad, ni siquiera apreciable petrificada en alguna formación rocosa particular, sino a una modesta planta comestible, de la formación botánica de la estepa, Sséssarr en lengua de los tehuelches meridionales. "Alcance de nombre", diría un criollo patagónico, o "nombre alcanzado", expresión traducible libremente por "mera coincidencia".
   Llegamos al final de estas historias, lector curioso, y convendrá usted conmigo en que desencantarlo todo resulta desconsoladoramente desencantante.
   ¿Es que no queda ninguna pista a seguir, siquiera la esperanza de una pista posible? ¡Porqué no! Nos faltó explorar bajo la superficie de la tierra...
   Y allí -por ejemplo- están esperando de su espíritu inquieto -el suyo, lector- el "sistema cavernario" de Cuchillo Curá, en las cercanías de Las Lajas, Neuquén, calificado como el único ecosistema subterráneo conocido hasta el presente en la Argentina", conformado hasta aquí por cuatro cavernas[36]. O la cueva mítica misteriosa de los tehuelches meridionales en el cerro Asspess, en Santa Cruz, al norte del Río Pinturas, de donde según tradiciones provenían los animales actuales[37].
   O, ¡en fin!, la "cueva de Landa", en las cercanías de Ingeniero Jacobacci, Río Negro, de la que sólo se ha (léase "he") explorado el tramo inicial, de 80 metros,... 

NOTAS
1-En 1975 la erudita filóloga Berta Vidal de Battini publicó una excelente reseña de las investigaciones literarias llevadas a cabo por María Rosa Lida de Malkiel (1952; véase además 1970), descubridora de tal origen, y personalmente la glosé, a mi vez, para los patagónicos en 1960. Curiosamente, Morales (op. cit.), a quien he de apelar en seguida, citó mi intervención al revés… (Y no incluye el trabajo en las referencias bibliográficas, como tampoco los de Lida de 1952 –que cita- y de Vidal –que no cita…). Curiosamente tampoco cita a esta última -¡ni a Rosales!- Javier González, autor del más erudito trabajo moderno sobre el tema, en cuyo texto encontrará el lector la historia crítica pormenorizada del asunto.
2-Al respecto vuelvo a remitir al lector al trabajo de Morales aludido, por transcribir el primero, para el público, párrafos de la novela de caballería en que abrevó Magallanes el nombre “Patagón” –más allá de desvíos menores en el texto, a partir del título. Especial, el de su rechazo a que dicha voz pueda derivar del italiano pataccone porque las cc sonarían che… (sic!). Para un desarrollo posterior, mucho mayor, y los pertinentes comentarios, véase González, op. cit.
3-González, op. cit., pág.8.
4-En Venezuela se usa la voz "pataruco" con el significado de "tosco", "pesado".  Rómulo Gallegos en su obra "Pobre Negro" (Madrid 1952), alude a un personaje llamado así por tener formidables juanetes en los pies.
5-González, op. cit., págs.58-59.
6-Como hoy sabemos, los "Patagones" (Tehuelches) tenían pies normales, y aun pequeños, en relación con la talla. En cuanto a lo otro, es posible sí que calzaran a ratos botas de piel, del corvejón de grandes guanacos, y para la nieve, toscos "tamangos" sobrepuestos.
7-Para el caso de la expedición de referencia, remito al lector al laborioso estudio de Stephan Zweig (op.cit.).
8-Giusti, op.cit., pág. 230.
9-Primaleón es la segunda parte de El libro del muy famoso y muy esforzado caballero Palmerín de Olivia, de autor anónimo, de 1511.
10-Cervantes, op. cit., tomo I, págs 38/40.
11-El texto cervantino dice: "Y abriendo otro libro vio que era Palmerin de Olivia, y junto a él estaba otro que se llamaba Palmerín de Inglaterra, lo cual visto por el licenciado, dijo: -Esa Olivia se haga luego rajas y se queme, que aun no queden de ella las cenizas...".
12-Morales, op.cit., pág. 16; se conocen tres en total.
13-Tomo prestados a González, op. cit., 30 y siguiente.
14-El resaltado es del autor (Casamiquela). (Nota de redacción).
15- Morales, op.cit., pág. 17.
16-Morales, op.cit., pág. 12.
17-Drake, op. cit., pág. 60.
18-circa 1669; ver Morales, op. cit., pág. 12.
19-Fines del XIX; ibidem, pág. 13.
20-Imbelloni, op. cit., pág. 40 y ss.
21-Hacia 1990; véase Casamiquela et al. 1991, láminas C y CI)
22-Perea, 1989, 69).
23-Ver Casamiquela et al. 1951, láminas XLIX y L.
24-Ver Outes, 1917.
25-Ver De La Vaulx, 1901.
26-Viene a pelo, al respecto, mi anécdota personal con el último ona puro -racial y culturalmente-, Pablo Pacheco, en el puesto de una estancia cercana a Río Gallegos. Yo lo había conocido años atrás, pero -nómada por esencia-, me había sido difícil volver a ubicarlo. Al saber que vivía, temporalmente, en ese puesto, y no encontrarlo, lo busqué (con mis acompañantes) en las inmediaciones: al rato lo vimos; estaba en la ladera de una lomada y se movía bruscamente -tiraba con una honda "de revoleo"-. Descendió hacia el grupo y ¡parecía un verdadero gigante!!! Esa fue la impresión, colectiva. Sin embargo, no pasaría Pacheco del 1,85m. ... Si bien su cabeza, y torso aparentaban ser ¡dos veces los míos propios!
27-Morales, op.cit., pág. 12.
28-A su vez, los Aucache eran bárbaros para los Araucanos -que eso significa el rótulo en su lengua.
29-Coyer, op.cit.
30-Moraleda y Montero, op. cit. pág. 424.
31-Rojas, op. cit.
32-Rojas, op. cit. pág. 436.
33-Fonck, op. cit.
34-Fonck, op. cit,. pág. 163.
35- Edgar Moisoli, poeta, escribe en 1974 esta poesía "A la memoria de Don Pedro Gauna, confidente de aquellas lejanías; a Rodolfo Casamiquela, que rescató sus mitos.
36-Periódico El regional, op. cit., pág. 18-19.
37-Escalada op. cit., pág. 327.

BIBLIOGRAFÍA
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