domingo, 11 de agosto de 2013

¿A qué llamamos mapuches? (1985)

Revista Cultura, Hombre, Sociedad (CUHSO) de la Universidad Católica de Temuco, Vol. 2, N°1, 1985. 

Dr. Rodolfo Casamiquela G., Fundación Ameghino, Viedma – Argentina.
 
   Mapu es "tierra", -también puede ser "patria"- y che "gente" en lengua de estas "gentes de la tierra", o "araucanos", como preferentemente se los denomina en nuestro país. Una lengua estupenda, por lo demás, de tal riqueza y sonoridad que habría de constituir la clave de la exitosa expansión de la cultura mapuche en el sur de la América del Sur. Ello a partir de un foco de origen relativamente muy pequeño, aunque densamente poblado, entre los ríos Toltén y Bío-Bío, en el sur del actual Chile (continental). De allí irradió su lengua y, a través de ella y en su compañía, numerosos elementos de su cultura espiritual, como la religión y material, como la cerámica, el tejido y la platería.
   Son estos tres elementos, propios de un pueblo sedentario, agricultor, y efectivamente los mapuches lo eran -y lo siguen siendo en la Araucanía propiamente dicha-; modestos agricultores del maíz, la quinoa, la papa..., y casi sedentarios, pues sólo desplazaban sus grandes casas de madera y paja ("rucas") para rozar o talar nuevos terrenos y librarlos a un cultivo en el que las mujeres, hincando sus primitivos bastones de madera -ya que no había arados- tuvieron el papel fundamental. Ellas y sus compañeros completaban la dieta anual con la recolección, pesca y caza. Y vivían probablemente muy bien, integradas en un sistema social en que los hechiceros (varones o mujeres, llamadas "machis") formaban el centro de la vida religiosa y los viejos caciques, por herencia, el de lo social y militar, si se daban tiempos bélicos.
   Y éstos se daban, claro, con los indígenas de canoa de más al sur, con los indígenas de canoa de más al este, enclavados en la Cordillera -en ambas vertientes, en verdad-, a lo largo de las guirnaldas de lagos andinos. Y se dieron con los pehuenches de "entre cordilleras" (pewén es la "araucaria", en araucano), particularmente aguerridos. Y se dieron después, y muchos peores, definitivos, a exterminio, con los europeos, que iniciaban la conquista de la porción austral de América (y que fueron denominados "winka" en araucano, huincas en plural españolizado).
   Estos europeos traían consigo un elemento que fue terror de América entera al comienzo y luego fascinación del indio, que rápidamente se adueñó de él -del caballo- para su propio beneficio. Y para buscar caballos se produjeron, cuando la ferocidad singular de los pampas los multiplicaba por centenas de miles (es decir ya desde comienzos del siglo XVII), movimientos de pueblos desde todos los rumbos, convergentes todos en el embudo de la pampa húmeda. De paso iban conociendo a la incipiente Buenos Aires, con la que iniciarían un tráfico económico que habría de durar más de dos siglos.
   Así, con esa motivación, pasaron los primeros araucanos al Neuquén, en donde -como en todas partes- comenzaron por imponer su lengua. Cuando Mascardi llegó a fundar la misión de Nahuel Huapí, en 1670, los elementos básicos de la cultura regional eran todavía tehuelches, es decir locales, pero sus portadores ya en buena parte bilingües.
   Estos "tehuelches" (en el fondo parientes cercanos de los otros más australes, o "patagones" de Santa Cruz y sur de Chubut) eran racial y culturalmente un pueblo diferente, o mejor, una serie de pueblos diferentes, que se extendían por el norte hasta cubrir todo el ámbito pampeano central (La Pampa y Buenos Aires, sur de Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe), caracterizados por una economía de cazadores -pedestres, desde luego-, de arco y flechas y boleadoras, vestidos con capas de pieles, y en movimiento siempre, detrás de sus presas, esencialmente el guanaco y el avestruz, a favor de la ligereza de su ajuar y de sus toldos de cuero portátiles. Sus lenguas, de pronunciación dura para nuestros oídos (y los oídos araucanos), menos funcionales que la araucana.
   Estos tehuelches, en sentido amplio, son de alta estatura y corpulencia y de poderoso esqueleto -una de las viejas razas de América, de cráneo largo como todas las pioneras-, como sabemos por los famosos Patagones de los primeros tiempos de la conquista, exageraciones de Pigafetta puestas aparte. En cambio los araucanos o mapuches son de mediana estatura y esqueleto débil, en general con una cierta tendencia a la obesidad. Como raza relativamente reciente en América -según parece-, tienen cráneo corto, redondeado, como el de los europeos actuales. Dos razas, pues y dos culturas enfrentadas.
   En el contacto, choque a ratos, comercio a otros, alianzas y matrimonios, se fueron difundiendo dos claves de cambio en la inmensidad del escenario extraandino oriental, a partir de una cabecera de puente instalada en Neuquén, en diferentes frentes. La una, la araucanización, que sólo alcanzó, no obstante, tímidamente a la provincia de Buenos Aires para comienzos del siglo XVIII. La otra, la difusión masiva del caballo, ya aludida, que habría de movilizar a los actores de todo el escenario y, andando el tiempo, de la Patagonia completa. Crecieron demográficamente los indígenas, a favor de un nuevo recurso de caza aparentemente inagotable, y correlacionadamente se transformaron de cazadores pedestres nómadas, en pastores nómadas ecuestres... Un siglo después de lo dicho, incluso los tehuelches de Santa Cruz llegaban a Buenos Aires -hasta el Tuyúl- a buscar yeguadas, y su permanencia en Patagones -de allí el nombre de esta bella ciudad- era habitual.
   La araucanización prosiguió: los viejos "querandíes" del Río de la Plata, esencialmente tehuelches según queda dicho, se fueron transformando en los "pampas" cercanos a Buenos Aires ("magdalenistas", "matanceros"...); para comienzos del siglo pasado seguramente muy pocos individuos eran capaces de recordar su vieja lengua, por lo demás cercanamente emparentadas con la que se extendía al sur del río Salado, que es la misma de los tehuelches actuales (subactuales, pues ella acaba de extinguirse), del norte del Chubut, Río Negro y sur del Neuquén. es decir la lengua pre-araucana, günün a yájüch o lengua de los günün a künna, como estos tehuelches septentrionales del sur del Salado se denominaban a sí mismos. (Vale la pena aclarar que los tehuelches meridionales, es decir, los que se extendían desde el río Chubut hacia el sur, hasta el Estrecho, hablaban otra lengua -todavía viva-, muy lejanamente emparentada con las dos que he mencionado). En el centro-sur de la provincia de Buenos Aires, en cambio, la vieja dura lengua de los tehuelches septentrionales fue documentada como sobreviviente (sierras de Tandil y de la Ventana) en 1865 por el notable naturalista suizo, Claraz, y por ende ha de haberse conservado todavía algunos años más. Llegó hasta este siglo, primeros lustros, en San Javier, en las cercanías de Patagones-Viedma, en la "tribu" amiga de los Linares. Hasta 1960, si no yerro, en que murió el último hablante auténtico, en el centro-norte del Chubut, en donde se conservan sus restos... y se conservan sus descendientes, con cacique y todo. Por lo menos ésta era la realidad hasta cuatro o cinco años: Don Juan Yanquetruz, vivo por entonces, es nieto, sin más, del celebérrimo José María Yanquetruz, el más grande de los caciques tehuelches septentrionales, señor del sur de Buenos Aires al propio tiempo que del río Negro y del sur de Neuquén; el mismo que, en feroz batalla, en San Antonio de Itaola, ultimó al coronel Otamendo con ¡ochenta hombres! El mismo que, por su estatura, capaz de oponerse a Callfucurá, por entonces en coqueteos con Urquiza, celebró, o iniciativa del Gobierno de Buenos Aires, un pacto de ayuda con Mitre...
   Era tehuelche septentrional puro José María Yanquetruz, a pesar de su nombre araucano. Lo era Catriel el Viejo, a pesar de lo mismo; lo eran Chokori y Shaihueque (padre e hijo), aquél sableado por Rosas, éste, señor de Las Manzanas (sur del Neuquén) en tiempos de Moreno y Musters.
Todos estos ejemplos para que se entienda que la araucanización más que un traslado masivo de tribus, de hombres, fue un proceso, una especie de oleada, la que por su índole, esencialmente cultural, y por el hecho de transitar por encima de pueblos intermedios, es denominada por algunos antropólogos "transculturación".
   Así la mayoría de los indígenas del ámbito extraandino oriental, según he dicho, para mediados del siglo pasado (o mejor, antes de la Conquista del Desierto, que comenzó poco antes del 80) eran de abolengo local, aculturados o transculturados. Con creciente sangre araucana, sin duda, y hablantes de esa lengua (aunque en parte bilingües), y alternando el "quillango" de pieles -tehuelche- por el poncho tejido -araucano- pero conservando -e imponiendo- el toldo y la boleadora locales...
   Entonces ¿no hubo araucanos, mapuches propiamente dichos en ese ámbito) Sí, por cierto, pero sólo comenzaron a cruzar la Cordillera -en general, por los pasos del sur del Neuquén- y a radicarse en el (norte de Buenos Aires y centro y límite con La Pampa) a comienzos del siglo pasado. San Melín, Alún, Rondeau, Cañuequir, Coliqueo, y otros nombres famosos. No Callfucurá, en cambio -tomado hoy erróneamente como símbolo de lo araucano-, ya que éste era cordillerano, geográficamente "chileno" si se quiere, pero no mapuche; para nada. Antes bien, un terrible enemigo de los mapuches propiamente dichos o "vorogas", como se lo denominaba en las pampas. Como pueden atestiguarlo los descendientes de aquellos tres caciques nombrados en primer término, lanceados sin piedad por Callfucurá en un célebre malón previo a su radicación en ello- como eslabón de punta de una cadena que se prolongaba, a través de Neuquén, hasta sus dominios antiguos del volcán Llaima en la cordillera. Así es la historia.
   Pero la Conquista del Desierto habría de enrasarlo todo: los indígenas de origen araucano y andino (los "ranqueles" del norte de La Pampa, sur de Córdoba, San Luis y Santa Fe; Namuncurá, el hijo de Callfucurá...) se retiraron a Chile. Los de abolengo tehuelche patagónico directo (los Catriel, Shaihueque), hacia el sur, hacia sus raíces. Algunos volvieron después a sus lares de ocupantes huincas, y ahora sí convertidos en pastores sedentarios, y en general o dominante, de ovejas, lo que aceleraría su desastre económico, por falta de conocimientos técnicos para llevar adelante una empresa que ignoraban. El alambrado, la radicación, aceleraron a su vez la decadencia cultural. Se dispersaron los viejos núcleos, murieron los viejos caciques de prestigio, dejó de practicarse en muchas partes la ceremonia religiosa central, colectiva, el nguillatún (o kamarikun, españolizado en "camaruco"), que tenía la virtud de agruparlos periódicamente. Llegaron, en fin, nuevos inmigrantes, de origen araucano chileno (a comienzos de siglo), de origen no araucano, no indígena, criollos, gringos...
   En medio de esa marea, creciente marea, de cambio irreversible, quedan algunos islotes, pequeñas comunidades, más o menos aisladas, que han conservado su lengua y su religión, especialmente los viejos: en Neuquén, en Río Negro, en Chubut, hasta en ranchos perdidos de La Pampa. No han de pasar de 15.000 ó 20.000 hoy los habitantes de la sonora mapú zungún o lengua araucana. (Quedan en cambio más de 300.000 en Chile, en la Araucanía y partes adyacentes). Y la extinción está próxima: ya los jóvenes no la hablan, esconden su conocimiento, esconden su apellido.
   Es que hemos desconocido, y aun minimizado, su cultura e ignoramos, los huincas, del todo su lengua. Una lengua tan rica y hermosa al oído -lo repito- como la guaraní, la quechua o la aimara. ¿Por qué en otros países, como el Paraguay, se tiene a orgullo la lengua aborigen, una especie de identidad o símbolo nacional, y en el nuestro, es decir, en La Pampa o en la Patagonia, la despreciamos, al par que humillamos a sus portadores?
   Vale la pena meditar en esto, un tema -central- indisolublemente ligado al de la debilidad de toda nuestra tradición cultural (transformada en pérdida franca en los últimos años, a favor del cambio -claro- producido esencialmente por los nuevos medios de comunicación masiva). Pero él trasciende el propósito de este artículo.
   Una reflexión final, sí, para cerrarlo. Y es que si a la fuerza de la cultura criolla de la primera oleada, del primer embate contra la cultura tehuelche-araucana del ámbito reseñado, agregamos la fuerza de esta nueva cultura, universal diré -o anónima-, amorfa tal vez, por definirla de algún modo-, que llega de la misma manera a todos los ranchos por perdidos que estén en la inmensidad pampeana o patagónica, por imperio de la radio... debemos convenir en que su resistencia fue feroz, es implacable. Cuando todavía hoy, en los campos crecientemente despoblados -de hombres y de ovejas- del Chubut noroeste, del Río Negro centro-oeste, o del Neuquén sur, un puñado de hombres y mujeres levanta la bandera del camaruco, en medio de la indiferencia, a ratos despectiva, de los pobladores blancos, en medio de la creciente difusión de los milenarismos (última novedad llegada de Chile, que prende casualmente a favor del desarraigo, del desclasamiento, la miseria...) y comienza su ruego en la venerable lengua, reina de lenguas, de los mapuches; entonces cabe reflexionar en la fuerza moral de esos viejos y jóvenes magníficos, del linaje de Caupolicán allá o Yanquetruz aquí, que se mueren en pie como el roble chileno o el alpataco criollo. Y en su ejemplo!

sábado, 3 de agosto de 2013

Características de la Araucanización al Oriente de los Andes (1985)

Revista Cultura, Hombre, Sociedad (CUHSO) de la Universidad Católica de Temuco, Vol. 2, N°1, 1985. 

Dr. Rodolfo Casamiquela G., Fundación Ameghino, Viedma – Argentina. 

   La presente contribución tiene el carácter de preliminar, o más bien dicho, de una síntesis o resumen de ideas que han de ser expuestas en otro momento, con un desarrollo mucho mayor y las correspondientes citas bibliográficas que abonen los asertos. Es, no obstante, el resultado de muchos años de experiencia en el problema, en ambos lados de los Andes, y sobre ello, de preocupación expresa por la interpretación de los fenómenos sintéticamente expuestos. 
  
1.DEFINICIONES    
Mapuche. Su etimología es muy conocida (araucano mapú "tierra" y che "gente", "gente de la tierra"). Propongo que se lo utilice estrictamente con su sentido originario, es decir, para denominar al pueblo que pobló y puebla la Araucanía propiamente dicha: el valle central entre los ríos Bío-Bío y Toltén, con desbordes hacia la cordillera de la Costa y el mismo litoral marítimo, y hacia la cordillera andina. Me apresuro a aclarar o enfatizar lo del arraigo en el valle central pues el pueblo mapuche, cultivador incipiente, no fue para nada un pueblo de navegantes marinos (ni lacustres-fluviales) ni tampoco un pueblo andino. Por ende, quedan excluidos de la definición de mapuche(s) las etnías o pueblos pehuenche y huiliche (plus cuncos y otros pueblos australes auctorum), con su prolongación en la guirnalda de lagos subandinos del ámbito. De este último pueblo quedan sólo vestigios, en la actualidad, y su distinción es una de las novedades de la investigación reciente, en la que aparte del mío propio se inscribe principalmente el nombre del colega Jorge Fernández. También del lado oriental de la Cordillera estuvo presente este pueblo de indígenas navegantes, de raigambre fueguidocanoera austral, tema desarrollado por el que esto escribe en otros trabajos.

   La restricción del sentido de mapuche a la Araucanía propiamente dicha, involucra o conlleva la proposición de su abandono en la denominación no sólo de los indígenas cordilleranos, sino orientales en general ("araucanos argentino "auctorum"), de abolengo variado, pero desde luego no-mapuche. Todavía a fines del siglo pasado (cf. referencia del viajero Francisco Moreno) los indígenas neuquinos utilizaban la denominación mapuche (s) (o mapun-che) para sí mismos, pues obviamente ellos eran allí las "gentes de la tierra". Del mismo modo, hasta su extinción, hace tres lustros, los indígenas tehuelches septentrionales del Chubut, expresándose en araucano, utilizaban la fórmula mapú-zungún, "lengua de la tierra", para referirse a la tehuelche y no a la araucana.

   De lo anterior se desprenden además dos consideraciones: la primera, que también en la Araucanía es frecuente el uso de mapu-che(s) por mapu-che(s), o de mapún-zungún por mapú-zungún; la segunda, que desde que existe una denominación para la lengua (araucana), es incorrecto, con un enfoque purista, hablar de "lengua mapuche" o "del mapuche" refiriéndose a la lengua.

   Araucano. Su etimología, araucano-hispana, es igualmente conocida: deriva de rag-ko "aguada de la tierra utilizada en potería". Es un nombre culto, si se quiere, no utilizado por los indígenas araucanos o mapuche(s) para referirse a sí mismos, con excepción de ciertos "cultos" o muy aculturados.

   Pero sin embargo, a favor de la difusión de "La Araucana" primero, y de toda una literatura, esencialmente histórica después, tanto a la denominación de "araucanos" como la de "Araucanía" tiene prestigio universal. Del mismo modo que para el reemplazo últimamente propuesto de alacalufe (o variantes) por qawasqar (o variantes), su adopción implica el riesgo de la incomprensión de la mayoría de los americanistas de todo el mundo. Para este último caso yo recomiendo su utilización con la aclaración de alacalufe entre paréntesis.

   Para la utilización de mapuche, en cambio, recomiendo coherentemente el agregado de la aclaración, entre paréntesis, de "araucanos sensu stricto o propiamente dichos", es decir habitantes de la Araucanía (propiamente dicha). Lo mismo vale para "araucano" en singular, o "lo araucano".

   Pues "lo araucano" en sentido lato... es otra historia. Para mí involucra una distinción clara -aparte de lo ya expuesto- por consideraciones de un carácter más general, teórico tal vez si se prefiere.
   Quiero referirme a la “araucanización”.

   Este proceso -a cuyo carácter me referiré infra-, si enfocado temporalmente, es desde luego anterior, muy anterior, a la gestación del pueblo mapuche. Como es sabido, la tarea arqueológica descubre cada vez más relaciones entre lo que, de un modo práctico seguirle llamando aquí "molloide" (pese a las recomendaciones de los colegas chilenos para que se abandone el rótulo) por comodidad, en especial en los aspectos materiales, y la cultura mapuche histórica. Complementariamente, en tiempos históricos gravitaron en el centro de Chile otros pueblos hablantes de la lengua araucana, "araucanizados" por ende (o, "araucanos" si se prefiere en un sentido muy amplio) que para nada se sintieron mapuche(s) -como los promoucaes, etcétera. Y ahora que digo que no se sintieron mapuches... caigo en la cuenta de que el nombre Mapocho deriva claramente de mapuche..., con lo que lo que ha debido suceder es que los cronistas no recogieron sus auto-denominaciones: tal vez varios pueblos diferentes se denominaron mapu-che(s) a sí mismos, por ser las gentes de la tierra en cada sitio. Lo que no hace sino traer a Chile el ejemplo neuquino antes expuesto y reforzar la necesidad de utilizar el rótulo generalizado para denominar a todos los pueblos araucanizados. ¡Así!

   Tornando precisamente a la araucanización, es decir al proceso de araucanización, si enfocado geográficamente ahora, en tiempos estrictamente históricos trasciende o desborda el área o territorio mapuche propiamente dicho, o Araucanía sensu stricto: un ejemplo notable de esto es que la araucanización del norte de la provincia del Neuquén se produjo, sí, desde Chile... pero a partir de focos ubicados al norte del Bío-Bío, es decir no desde la Araucanía. Dicho de otro modo, no se trata de mapuchización en sentido estricto, sino de "araucanización" (en mi propio sentido).
   Es decir, resumiendo, quiero proponer:

   a) Que se reserve el nombre de mapuche(s) para los indígenas de la Araucanía propiamente dicha, definida como dije supra. Que se utilice preferentemente la denominación mapú-zungún (o mapú-dungun) para referirse a la lengua. Con la aclaración de que las variantes en mapún son perfectamente válidas.

   b) Que se utilice la denominación araucano(s) sensu stricto o propiamente dicho(s) como sinónimo de lo anterior, es decir para aludir a los mapuches propiamente dichos o a su cultura.

   c) Que se utilice la denominación o rótulo "araucano(s)" sin más, o sensu lato si se quiere enfatizar, para todos los pueblos araucanizados y su cultura.

   d) Que se utilice el rótulo de "araucanización" para el proceso que llevó a la gestación de los pueblos de cultura semejante a la mapuche, encontrados por los conquistadores en el centro de Chile y para la extensión de ella a otros, chilenos o argentinos (es decir australes, andinos y orientales). 

2. CARACTERÍSTICAS DE LA ARAUCANIZACIÓN    
   Con un enfoque temporal, o si se refiere desde el punto de vista histórico o de gestación de "lo araucano", parece que hay que remontarse a un proceso lento y de larga data, que tomaría origen inmediato en la región de Chile Chico: me refiero a la expansión de ciertas fases de la "cultura Molle", a lo largo de buena parte de la era cristiana. Los trabajos de los últimos años demuestran de manera irrefutable las analogías entre determinados aspectos materiales (como la cerámica, las pipas) de aquéllas y la cultura histórica de los mapuche(s). El pueblo mapuche no sería sino una de las formas epigonales de ese desarrollo. Esto parece claro y es crecientemente aceptado en Chile.

   Pero... en cuanto a los aspectos espirituales (amén de algunos de orden material como el tejido, los instrumentos musicales, etcétera -temas a discutir aparte)... confieso mantener muchas reservas.
En cuanto a la religión -por ejemplo-, el énfasis notable en el vulcanismo, para citar un solo rasgo, me ha hecho pensar muchas veces en una génesis andino-cercana más bien que continental o interior (y no ha de olvidarse que las influencias de la araucanización discurrieron históricamente primero de norte a sur por el valle central). Claro que puede tratarse de rasgos andinos "importados", pero... no sé por qué se me ocurre que se trata de un fenómeno local, es decir de rasgos andinos pehuenche(s), adoptados por los mapuche(s). Queda por ahora sólo como una intuición.
   Algo parecido sospecho para la lengua (mapú-zungun o araucano), aunque para este caso tengo algunos argumentos, si bien confieso que bastante débiles. El fundamental es que los conquistadores la encontraron fresca desde prácticamente Coquimbo hasta el Toltén y... en franca expansión hacia el sur, hasta el archipiélago de Chiloé. Con lo que, bien la lengua había sufrido una re-vitalización que la impulsaba a expandirse (en alas de una expansión cultural general), bien... no se trataba de la vieja lengua de tradición "molloide" sino de una nueva lengua que acababa, procedente de un norte ignoto, de advenir al ámbito, en el que se expandía hacia la época de la conquista con la fuerza de los fenómenos jóvenes. Queda igualmente abierta la cuestión.

   En cuanto a las características de la araucanización en tiempos estrictamente históricos, es decir el oriente de los Andes (y antes a la Cordillera, desde luego) y el sur del Toltén, vayan sólo dos palabras con respecto a su esencia, a lo diferencial con respecto a otros proceso de aculturación (y/o dominación) o por lo menos con respecto a la imagen que tenemos (que se nos ha enseñado) de las características de tales procesos.

   Quiero que quede claro, explícitamente aseverado, que la araucanización al oriente de los Andes precedió en más de un siglo a la presencia física de los mapuche(s) en suelo oriental. Dicho de otro modo: que la lengua araucana se hablaba ya en la provincia de Buenos Aires a comienzos del siglo XVIII (los primeros topónimos datan de mediados de ese siglo, si no de antes), siendo que los mapuche(s) o araucanos propiamente dichos sólo habrían de instalarse tímidamente en ella exactamente un siglo después: cuando las guerras intestinas de la Araucanía, derivadas de los enfrentamientos entre patriotas o criollos y realistas, obligaron a pasar la Cordillera a determinados grupos de indígenas (tema bien desarrollado por Guevara).

   Complementariamente, que los pocos indígenas mapuche(s) que se internaron en las pampas del oriente, (y no hablo de la Patagonia porque prácticamente no hubo mapuche(s) nunca al sur del río Limay, o Patagonia en sentido restringido, con exclusión de Neuquén, que es la obligada cabecera de puente de la araucanización) involucionaron -si cabe el término- en su cultura para adaptarse a aquella de los pueblos comarcanos: la caza, ciertamente ya ecuestre, y el pastoreo, igualmente nómada, con su complemento del uso del toldo de cueto, la boleadora y otros elementos. Mientras el resto, es decir estos pueblos comarcanos, o indígenas del territorio oriental, de raigambre esencialmente cazadora, como he dicho, continuaban siendo los dueños de la tierra y continuaban en su cultura material básica -aunque con lentas y progresivas concesiones: la lengua primero, la onomástica (y toponimia) a partir de su adopción; la religión después. Etcétera. En lo material, el tejido, la platería, y, también, un largo etcétera.

   En fin, estas mismas consideraciones valen para los indígenas cordilleranos (los pehuenches siguieron siendo recolectores de piñones, nunca verdaderos cultivadores) y australes. Un ejemplo impresionante es el de los chonos, pueblo de navegantes que prácticamente retuvo su cultura básica (de recolectores y cazadores nómadas de canoa), a partir de la dalca o canoa desarmable, a contrapelo de la araucanización.
   Para estos ejemplos, estos casos en que la cultura (y luego la sangre) transita a través de pueblos (intermedios) prefiero reservar personalmente el rótulo de transculturación.