martes, 11 de marzo de 2014

Bosquejo de una Etnología de la Provincia de Río Negro (1985) [PARTE I]

Textos Ameghinianos, Biblioteca de la Fundación Ameghino, Viedma.




I. Introducción. El Escenario

   Los informes de los antropólogos –arqueólogos para el caso- suelen estar precedidos de un capítulo más o menos extenso de carácter geográfico: clima, flora, fauna, fisiografía… Como el enfoque es actualista y por lo general pierde de vista al destinatario, es decir al indígena, dicho capítulo resulta por lo general perfectamente inútil.
   Tratando de no repetir tal error, me propongo encarar desde el comienzo el abordaje del escenario en estudio en función del hombre; dicho de otro modo, étnica, con el enfoque del etnólogo. Desde este punto de vista y en conocimiento, a través de la información arqueológica y etnohistórica, de la ausencia de culturas de cultivadores de aquél (1), salta a la vista que sus actores, cazadores, recolectores y pescadores –con énfasis diverso en cada uno de estos elementos, o más de uno, según las regiones y las épocas-, (1) fueron nómadas; (2) pedestres y/o navegantes. Y que por ende (3) encontraron en el clima, el agua (mar, ríos, lagos), los bosques cordilleranos y la Cordillera misma, ya aliados y aun vehículos de penetración franca, ya filtros de variable carácter, según lo salvado entre guiones más atrás, es decir el carácter de cada una de las etnías.
   En seguida veremos qué papel jugaron los rasgos geográficos fundamentales en tal función de condicionantes de dispersión, en el ámbito pampeano-patagónico en análisis, pero no hace falta entrar en materia para admitir que, si hay que contar con nómadas terrestres, la unidad territorial étnica (continental) no puede coincidir con las actuales fronteras del a provincia de Río Negro (2). O mejor dicho, con sus límites boreal y austral, como es sabido trazados teóricamente desde Buenos Aires, en coincidencia éste con un determinado paralelo (el 42) y sin ninguna otra consideración, geopolítica o poblacional.
   En efecto, con aquella óptica, es el río Negro, la gran vía de agua, la divisoria natural de las etnías continentales; para nuestro ejemplo, desde luego con su continuación en el Limay. Constituiría así el límite boreal natural de la dispersión de la primera gran etnía continental patagónica stricto sensu (3), si se avanza de norte a sur; y el austral, del mismo modo el río Chubut.
   El Colorado debió, por su parte, obrar como límite septentrional de otra entidad continental –supuesto que la haya habido estable en esa franja interfluvial tan aparentemente inhóspita (4).
   Es curioso que algo tan básico para el etnólogo como lo señalado no sólo no haya sido advertido por los investigadores que se ocupan con el tema (5), sino que, por el contrario, pudiera ser invertido prácticamente, para sobreestimar el papel de los ríos (cuencas) y llegar a subestimar los interfluvios (6).
   En cuanto al clima –siempre con enfoque etnológico-, hay que considerar en sus variables prioritariamente dos aspectos: uno, cronológico, ya que las variaciones han de haber sido notables, hasta impresionantes (7); el otro étnico, racio-cultural diré. Ignoro si los láguidos, que –como veremos- llegaron desde el norte a la Patagonia y recorrieron su costa hasta una latitud avanzada, fueron atajados en su marcha por una barrera climática (¿temperatura?) (8), además de meramente étnica (guerra, mezcla, hasta su desaparición natural). Pero en cambio sé que no fueron detenidos (lo que igualmente vale para los fuéguidos) a lo largo del litoral de Río Negro o Chubut por la aparente escasez de agua potable (9); y sé también que los grupos de cazadores continentales que se movían en el área centro-este, es decir a caballo del paralelo 42, en el interfluvio delimitado más atrás, se desplazaban para invernar, huyendo del río, a la zona del actual Maquinchao, en donde hace pocos años pude comprobar que el termómetro llegaba a registrar una temperatura de ¡30° centígrados bajo cero! (10).
   Es evidente, pues, que lo importante no eran la temperatura o la aridez por sí mismas, sino –para el caso de los cazadores, pertenecientes como vimos a un elemento racial, el pámpido, perfectamente adaptado- si ellas eran compatibles con la gran caza. Antes de ahondar en estos aspectos para demostrar que efectivamente así era, o mejor todavía que tales variables eran óptimas (para el guanaco y el avestruz), vaya como corolario pues la observación de que el clima óptimo para una determinada etnía es aquel que posibilita al máximo, por un lado el rendimiento físico de los beneficiarios de la cultura de tal etnía, y por el otro la generación de los recursos suficientes para su desenvolvimiento (11).
   Y ya que de recursos se trata, echemos ahora sí un vistazo al a fisiografía del escenario, su geología, flora y fauna, en función de los recursos disponibles para la economía de las aludidas etnías de cazadores, pescadores y recolectores.
   El desplazamiento a lo largo del litoral –en la porción de nuestro interés fue facilitado, para los pescadores y recolectores (embarcados o pedestres) por una costa accesible, en la que alternan con periodicidad las playas con los acantilados y aun los puertos o refugios aptos para pequeñas embarcaciones, con agua dulce suficiente, según veremos; y el ingreso al interior del continente, por amplias vías navegables: el Colorado, el Negro y el Chubut, con sus afluentes y/o la red de lagos y ríos cordilleranos que, como igualmente veremos, jugó al lado de aquéllos un papel especial en el poblamiento. Esta realidad no excluye la complementación de un ingreso a las áreas propiamente mesopotámicas, en tal caso a través de rutas específicas, que han de ocuparnos más adelante.
   En el mar, a los mamíferos marinos, especialmente lobos (12), se sumaban varias especies de peces (13), y mariscos diversos (14), pescados o extraídos directamente o arrojados a la costa por los mares de fondo. Hay que agregar las aves (15) y los mamíferos litorales (16) y continentales (17) que asomaban a la costa. En cuanto a los recursos vegetales, en la porción norte del litoral y hacia el interior domina todavía el “monte” sobre la “estepa” (18).
   En los ríos, peces autóctonos (19), moluscos de agua dulce (20), y toda la fauna continental, enriquecida en especies con respecto al mar (21). Los cursos de los ríos proveían sauces (22) para eventuales embarcaciones y viviendas (23), armas, etcétera (24). Un viajero del siglo pasado, Claraz, cita a lo largo de los cursos de los ríos Negro y Chubut a distintas especies vegetales con bulbos y raíces comestibles (25).
   Los lagos proveían los mismos recursos anteriores, enriquecidos sustancialmente por la presencia del bosque andino-patagónico. Entre los mamíferos de buena carne hay que contar de nuevo al pecarí y agregar el huemul (26). Las especies vegetales útiles para el hombre se multiplican (27).
   El panorama era diferente para los cazadores del interior, que accedían al mar, la Cordillera o los cursos y cuencas de agua a través de un sistema especial de “veredas” o rutas, que ya fuera aludido. Para hacerlo debían vencer, casi por todos lados (salvo el occidental), temibles “travesías”, de muchos kilómetros a veces. Todo el litoral atlántico lo era –un verdadero desierto, sin agua (28), lo mismo que el territorio que se extiende entre los ríos Colorado y Negro, y el sistema transversal de bajos encadenados que casi paraleliza al curso del río Negro por el sur.
   El río Colorado se conectaba –en época histórica, pero es posible que de larga data- por una ruta de travesía con el río Negro, ruta que cortaba la meseta por su parte aproximadamente más angosta (29). Desde este río al sur las rutas conocidas o principales son cuatro: la “del Chancho” (30), que salía desde el río a la altura de Sauce Blanco y, pasando transversalmente frente al puerto de San Antonio, iba a dar a Valcheta; la del bajo “del Gualicho” (31), que salía del fortín castre (grosso modo entre la isla de Choele Choel y el actual Conesa) e iba a desembocar, tras más de 100 km de casi-desierto, en el mismo oasis de Valcheta. La que empezaba en Chichinales y tocaba los actuales parajes Cuyum Leufú y Queupú Niyeo, para ir a dar a Maquinchao (32). En fin, la que salía de las cercanías de General Roca e iba a desembocar a la misma zona de Maquinchao, pasando por Cura Co, El Cuy, Pailanuf (33).
   Atravesaban ellas de norte a sur el sistema de bajos aludido para penetrar en la meseta vera, árida y con escasez de aguadas en todo el centro-norte de la Provincia, dominio del monte de jarilla; árida pero con más recursos de agua (de subsistencia) en el centro y el sur, transición del “monte” a la “estepa” propiamente dicha.
   La región se eleva hacia el noroeste, hacia el Limay, río de difícil acceso, profundamente incidido, lo que se conseguía a través de cañadones laterales profundos y sinuosos; y hacia el oeste franco: en el cerro Anecón (Grande), en la longitud del actual Clemente Onelli de la línea del ferrocarril de San Carlos de Bariloche a San Antonio, algo al norte de dicho punto, eminencia que alcanza los 2000 m. –más que importante si se recuerda que el volcán Lanín llega a poco más de 3000 m. Esta área elevada hace de divisoria de las aguas de los arroyos que allí se originan y que forman una verdadera flor: el Comallo hacia el noroeste, tributario del Limay; el Chico (“río” Chico), hacia el sur, afluente del Chubut, no lejos de sus nacientes; en fin, el Huahuel Niyeo hacia el este franco, para ir a desaguar, reunido con el Maquinchao, que llega del sureste, en la vasta cuenca sin desagüe de las lagunas Carri Lauquén.
   Esta cuenca se vincula por pasos preciso con la región que se extiende al oeste del macizo del Anecón, entre éste y la región de los lagos, encajonados contra la Cordillera y con espejo a cotas inferiores a las de la meseta inmediatamente al oeste del Anecón.
   Tuvo origen la cuenca en la destrucción de los grandes mantos de basaltos miocenos y sus tovas, los que de allí hacia el este, y sobre todo sureste, se extienden en profusión, para dar a esa parte de la región que atraviesa el ferrocarril de Bariloche a San Antonio su aspecto característico: es el eje (ferroviario y carretero) de la hoy denominada “Línea Sur” de la Provincia, por cierto en gran medida ruta indígena transversal (34). Prosiguiendo por ella hacia el Atlántico, aparecen otros grandes bajos, el de Los Menucos y el de Valcheta los más conspicuos, conectados con el sistema de bajos septentrionales por pasos precisos y escasos, del mismo modo rutas de indígenas. Al sur del bajo de Valcheta se extiende la enorme meseta cuasi desértica del Somuncura, dominio de los aludidos basaltos, que los indígenas atravesaban –y a veces visitaban- por una ruta diagonal (35) para ir a alcanzar el paralelo 42 –límite entre Río Negro y Chubut- en el borde oriental de una zona montañosa y muy nevadora y fría (sierra Pirrén Mahuida o Nevada, y las que siguen hacia el oeste, por el norte de Gastre, hacia Calcatapul). Es el epicentro de la patria de una de las etnías de grandes cazadores continentales que ha de ocuparnos en seguida: la de los günün a küna.
   En fin, al este, entre la meseta del Somuncura y el océano, y hacia el noroeste hasta el puerto de San Antonio, una zona árida, con escasez de aguadas, en que las planicies anteatlánticas se ven interrumpidas por serranías aisladas (sierras Pailemán, de la Ventana, Grande) (36).
   El bajo de Valcheta, receptáculo de las aguas permanentes del arroyo del mismo nombre, que nace en la meseta del Somuncura, era el nudo de caminos por excelencia; yo diría que de todo el norte de la Patagonia. Allí convergían la ruta del Gualicho por el norte, la del Chancho por el noreste (que pasaba frente al puerto de San Antonio), la subatlántica que venía del río Chubut inferior (37); la transversal oeste, que en buena medida coincide con la “Línea Sur” aludida, según se dijo, e iba a dar a los nudos de Casa de Piedra (entre Maquinchao e Ingeniero Jacobacci, hacia donde el arroyo Quetrequile va a desaguar en el Maquinchao, frente al mallín de aquel nombre), y Pilcaniyeu; en fin, la del suroeste, también mencionada, que alcanzaba el río Chubut en la latitud del actual cerro Gorro Frigio, unos 30 a 40 km al este de Paso del Sapo actual.
   De Casa de Piedra salía la ruta del sur franco, por Quetrequile, Uquelé, El Moligüe, Calcatapul, con su ramal por Lipetrén, para ir a caer –ambos- a la gigantesca pampa del Molle –de donde salían los rumbos del Chubut medio, de Gastre (y vía Gan-Gan el Atlántico), de Ñorquinco, hacia la Cordillera. De Maquinchao, la que seguía, siempre hacia el sur, el curso del arroyo Maquinchao. De Pilcaniyeu, en fin, la célebre ruta de Musters hacia el sur (en buena medida superpuesta con la actual 50), y una de las entratas al “País de las Manzanas”, a través del Limay superior –amén de la ruta al lago Nahuel Huapi, es decir al paradero, no menos famoso, de Taca Malal (hoy estancia Tequel Malal, de Jones), en la margen sur del río Limay, exactamente en su salida del lago.
   Los recursos faunísticos del interior, clave de florecimiento de los grandes cazadores, radicaban en la densidad de la población de guanacos y avestruces. Musters, en 1870, pudo apreciar una manada de guanacos “…como de tres mil cabezas”, en la cuenca de Carri Lauquén, citada, en el centro-este de Río Negro. Para el área contigua, hacia el oeste, ha dicho Bailey Willis, ya en los primeros años del siglo: “Por esas latitudes vagan numerosas manadas de guanacos…”. Y apréciese el testimonio de don Tomás Harrington (38), viejo pionero-maestro patagónico, válido para 1912 y la costa atlántica norchubuteña, quien vio una gigantesca tropilla de cuatro-cinco mil cabezas! La explicación de estas concentraciones –estacionales-, por otra parte, la tendrá el lector más adelante.
   Sobre la base de estos datos aislados es posible inferir la existencia, como dije, de poblaciones inmensas de guanacos (y avestruces, aunque carecemos de datos para estas aves), y creo que por lo tanto han de ser aplicables al área mediterránea de los ríos Limay-Negro y Chubut cifras como las barajadas por Rogers, para el siglo pasado, que denunciaban “…que al sur del río Santa Cruz existían 1.200.000 guanacos…” –con el comentario agregado de que “…de los que alrededor de doscientos tehuelches aptos para la caza mataban, aproximadamente, 300.000 por año sin que existieran señales de merma”. Más adelante diré dos palabras sobre la presunta población humana indígena del área de nuestro interés presente.
   Veremos igualmente en el lugar oportuno cómo una combinación especial entre el ciclo biológico de estas especies y la predilección cultural de los indígenas por la carne de avestruz, condicionaba en gran medida la movilidad de los grandes cazadores (históricamente günün a künna).
   En época histórica, en el ámbito, más cálido, del ángulo noreste de la actual provincia de Río Negro, el avestruz petiza o Pterocnemia pennata convivía con la grande o “mora”, Rheadarwini, propia de la provincia de Buenos Aires y el ámbito pampeano. Del mismo modo, habían atravesado el río Negro tímidamente la tortuga terrestre común, el ciervo pampeano (“venado” el macho, “gama” la hembra), Ozotocerus bisulcus –que no hay que confundir con el huemul cordillerano-, el pecarí; especies que no pasaban, de todos modos, el umbral elevado de las mesetas que se extienden al sur del bajo de Valcheta –según lo señalara expresamente el naturalista Claraz (en 1865).
   En dicha área nororiental y en todos los bajos templados del interior de la Provincia (y del Chubut), la “liebre patagónica” o mara, Dolichotis patagonim, mostraba su simpática figura. Ella por cierto no la salvaba de ser codiciada presa de los indígenas, los que en cambio no perseguían a su primo hermano el “cuis” (Musters). Hacia el interior franco, especialmente el centro, y hacia el sur, para adentrarse en el Chubut, la “vizcacha de la sierra” proveía un excelente recurso, como lo sabemos por vía etnohistórica y etnográfica y es atestiguado por la toponimia (39). Lo propio de los armadillos, el peludo y especialmente el piche, de venerable abolengo local, compartido éste con el avestruz y, en menor grado, la liebre patagónica (40).
   Aparte de esa reina de las aves, corredora, cabe citar, en áreas templadas del ámbito, a sus parientes pobres, “martinetas” y “perdices”, voladoras de vuelo torpe y caza relativamente fácil. En seguida, a distintas especies de patos, avutardas y afines, que proveyeron igualmente carne y huevos como recursos alternativos (41).
   Recursos que podríamos llamar indirectos o derivados, de origen vegetal, son maderas varias, como la del roble cordillerano para los palos de toldos, sauce y/o colihue para lanzas, colihue para esteras varias, cunas y otros; calafate para mangos de raspadores, arcos de caza, etcétera; raíces, flores, cortezas y hojas diversas para infusiones y aplicaciones varias, como medicamentos –además de tinturas y otros usos prácticos (42).
   De origen animal grasa, tuétano, huesos, plumas, pelo, piedras bezoar, etcétera, amén obviamente de pieles varias, con mil aplicaciones prácticas y rituales, estéticas…, lo mismo que valvas de moluscos, caracoles enteros o sus partes, y afines, para elementos de adorno y otros (43).
   Las ricas mineralizaciones (de cobre, plomo, zinc, etcétera) del hoy llamado “Cerro Castillo” y su zona, antes Ñancullique, al noreste de Gastre, Chubut, casi sobre el paralelo 42, proveían “tierras” para pinturas a los indígenas; otras provenían de ocres naturales vastamente representados en la región, calizas y otros minerales y rocas, como por lo demás lo denuncia la toponimia (44). Estas tierras se utilizaron en la pintura corporal, estética y ritual, arte rupestre y coriáceo, etcétera (45).
   El mineral de hierro terroso de Sierra Grande, hoy yacimiento célebre en América del Sur, en el sureste de Río Negro (lo propio que el de Yas aike o Payán Niyeo, cerca del alto río Senguer, en el suroeste del Chubut), proporcionaba la mejor materia prima para bolas de boleadoras (46), de exportación a juzgar por su amplia dispersión en los yacimientos arqueológicos. No desmerecía calidad la baritina (sulfaro de bario) de Quechue Niyeo, y zona cercana, en el centro-norte del Chubut (entre Sacanana y Gastre) (47). Un sustituto era el basalto poroso, fácil de trabajar a golpes, con la eliminación de los tabiques de los alvéolos que presenta la roca. El basalto sirvió igualmente para la confección de morteros, y especialmente los llamados “sobadores”, de basalto muy poroso o alveolar, destinados al curtido o ablandado de los cueros para las capas (mantos o “quillangos”, vestimenta de los tehuelches). El pórfido y otras rocas cuarzosas muy duras sirvieron igualmente para bolas, y a veces otros artefactos. La arenisca se prestaba del mismo modo para morteros. Una piedra de afilar excelente, una arenisca muy fina y compacta, se encuentra en el actual paraje Llimeñ Niyeu, al suroeste de la meseta del Somuncurá, citada; otra célebre en Gaiman, noreste del Chubut (48), y otros sitios. A aquella región viajaban los indígenas para recoger arena cuarzosa para raspar las pieles: la había de calidad inmejorable, según parece, en el actual sitio de Buen Abrigo, cerca de Llimeñ Niyeu. Las sílices –de preferencia- y otros minerales y rocas utilizadas como materia prima para la confección del utillaje doméstico de caza (raspadores, raederas, cuchillos, puntas, perforadores o “leznas”, etcétera) aparecen aquí y allá en casi todo el ámbito; en el litoral eran en mayor medida provistas por los guijarros de origen marino –amén del canje con el interior, que debió ser muy intenso. La toponimia señala todavía la ubicación de algunos yacimientos de esta clase (49). Los indígenas litorales estuvieron mejor ubicados en relación con la materia prima para la confección de ciertos artefactos de uso ritual, como las llamadas “placas grabadas” y “hachas ceremoniales”: eran hechas de una compacta marga de la costa atlántica, de esquistos antiguos aflorantes en la región de Valcheta y de otras rocas blandas; en el interior, areniscas y tobas. En cuanto a las aludidas “hachas”, las hay igualmente de rocas duras, como el basalto. En las lagunas arcillosas los indígenas se proveían de un pasable “jabón”, buen sustituto de la orina humana en el lavado del cabello (50). Sal excelente proveían numerosas salinas (de evaporación) de los bajos, pero ésta era reemplazadas cuando se podía por otra procedente de las laderas o altos de los cerros, una sal “de roca” depositada a modo de eflorescencias en las grietas (51). Cabe citar todavía a los guijarros, de basalto y otras rocas tenaces, destinados a distintas formas de cocción de alimentos (52); a la toba envolvente de los huesos petrificados, y a los huesos mismos, que raspados se utilizaban con finalidad mágica (53); al cuarzo, que en forma de cristales cumplía parecida finalidad en el interior de los tambores o sonajas de los hechiceros; el yeso, utilizado en los tiempos tardíos de la difusión del tejido en el blanqueo de la lana; etcétera etcétera.


NOTAS
(1) En el texto encontrará el lector datos antiguos de siembra de quinoa, en Nahuel Huapi, pero casualmente sin cosecha –es decir una burda copia de la siembra araucana-, y tardíos de aquella de zapallo, etcétera, en Valcheta; esto último por influencias criollas.
(2) Pérez Morando ha recordado (véase Obras citadas) que, si bien la Constitución de la Provincia consigna de “Río Negro”, el nombre auténtico, lógico, es “del río Negro”, pues tanto ella como las restantes de la Patagonia son “hijas” de los ríos, casualmente ríos epónimos. En la práctica se usa decir “oriundo del Chubuy, “del Neuquén”,… y en cambio “de Santa Cruz”, “de Río Negro”. Personalmente, unifico en este texto la nomenclatura y escribo siempre “de” y no “del” para evitar confusión con alusiones eventuales a los ríos epónimos y no a las provincias.
(3) En sentido estricto, digo, porque en la acepción más corriente, o generalizada, la Patagonia se extiende al sur del río Colorado y no al sur del sistema Limay-Negro. Véase Frenguello para esta última acepción. En tiempos anteriores era más frecuente aceptar el límite del Negro-Limay; en fin, la obra de Falkner, que incluye en su título la frase “descripción de la Patagonia” (mediados del siglo XVIII) se refiere esencialmente a la región pampeana.
(4) Me refiero a los tiempos de la conquista española e inmediatamente anteriores. no sabemos nada de los pre-históricos, aunque es posible que las excavaciones en marcha por parte del arqueólogo Gradín y colaboradores arrojen alguna luz en tal sentido. en territorio de la actual provincia del Neuquén la situación es diferente, pero su desarrollo escapa a los propósitos de esta obra.
(5) Véanse, por ejemplo, las obras generales de Serrano, Imbelloni, Canals Frau, Vignati…, así como las de Harrington, Escalada, etcétera.
(6) Interfluvios o áreas mesopotámicas. Un caso extremo de subestimación del papel de éstas áreas se encuentra en Bórmida, no obstante un arqueólogo de amplia preparación; al respecto ha llegado a escribir: “El papel de la meseta en la historia étnica del sur argentino parece haber sido casi siempre secundario; pocas veces los cazadores pedestres penetraban en sus extensiones inhóspitas y la escasez de hallazgos arqueológicos en esta área hace pensar que nunca establecieron en ella campamentos de larga duración. Podemos afirmar que la meseta representó para los habitantes de la Patagonia la gran reserva de animales, cuya caza constituía la base económica de una gran parte de ellos” (1969, 8)… lo que, por lo demás, representa una flagrante contradicción, desde que los cazadores seguían a las presas, como se verá en el texto.
   Esta posición, curiosa a primera vista se explica a través de la formación europea de Bórmida, influido por los modelos antropogénicos europeos (modernos, diré), en los que sin duda los grandes ríos tuvieron papel decisivo. Menghin, célebre arqueólogo austríaco radicado en la Argentina, compartía dichas ideas, las que fueron desarrolladas por Escalada en su aplicación local. Este autor –del que hablaré más en el texto- llegó a explicar a las grandes etnías históricas de la Patagonia como verdaderas “excrecencias” de los grandes ríos, a contrapelo precisamente de todo lo que hoy sabemos.
(7) Una evaluación muy grosera de la historia de la cuenca de la laguna Carri Laufquén chica, ubicada a 15km de Ingeniero Jacobacci, me permite afirmar que ésta se desecó innumerables veces a lo largo de los últimos diez milenios, pero… que al cabo de ellos retiene la cantidad de agua inicial. Para tiempos cercanos, absolutamente históricos, recomiendo al lector leer el trabajo de Politis, dedicado a las variaciones climáticas en el ámbito pampeano. Un ejemplo impresionante que consigna es el del “País del Diablo”, erial de 60km de extensión que los mapas del siglo XVIII ubican al este de la sierra de la Ventana… y del que en vano se buscarán rastros en la actualidad.
(8) Muy interesantes datos acerca de la adaptación biológica de los fuéguidos al frío (y a la inmersión en agua helada) se encontrarán en el trabajo de Nardi. No conozco nada parecido con respecto a los pámpidos, pero su merabolismo ha de haber sido semejante. En cuanto al complemento de los alimentos grasos, tema que aparecerá largamente después, su necesidad fisiológica se verá bien explicada en la obra de Speth.
(9) El agua existe, aunque su escasez sólo permitiría pequeños asentamientos. Aparece en general conservada por los médanos, y es conocido el hecho de que los pobladores viejos (y hasta el presente!) de algunas zonas costeras conseguían agua potable, por medio de pozos o bombas de mano, en el límite mismo del agua marina: ésta es más densa que la dulce, la que por ende flota sobre ella. Los indígenas abrían grandes pozones, conocidos regionalmente como “jagüeles de bajada”. Para alimentar el agua de los médanos bastan lluvias muy tenues, por lo demás hoy complementadas por espesas neblinas en ciertas áreas: pienso en la de San Antonio, en donde los últimos años el fenómeno es frecuente. En tal sentido, es bueno pensar que una mini-variación (cíclica) de la humedad explicaría el poblamiento litoral de manera muy limpia y natural.
(10) Esto fue escrito antes del invierno de 1984, en que la temperatura descendió a 32 grados bajo cero! En Ingeniero Jacobacci. Eso hace 34° posiblemente en Clemente Onelli, cerca de 40° en el cerro Anecón grande… Además, el año fue terriblemente nevador. La humedad aumenta en la Patagonia toda, desde unos 15 años o poco más (¿inicio de un ciclo?), y se traduce no sólo en lluvias sino en nieve. Los viajeros pobladores no recuerdan un año tan nevador como el pasado (1984).
(11) Así dicho esto parece que yo fuera “difusionista” a ultranza y por ende opuesto a la posibilidad del condicionamiento ecológico. En verdad no es así, pero muchos años de experiencia me han enseñado que si tanto la difusión como la invención de bienes culturales funcionan en la vida de una cultura determinada, el papel del medio como selector sólo es válido en función del tiempo.
(12) No hay elefantes marinos actualmente en le litoral de la provincia de Río Negro, pero desde que los he encontrado en San Blas (sur de Buenos Aires) en yacimientos arqueológicos relativamente recientes, supongo que su presencia ha de haber sido cotidiana en tiempos inmediatamente antehistóricos y aun históricos incipientes.
(13) Como róbalo, lenguado, corvina negra, corvina rubia, pejerrey, lisa, pescadilla, mero, sargo… (14) Mejillones y cholgas, almejas varias, navajas, choros, ostras, cangrejos varios, picos de loro, pulpos, caracoles.
(15) Pingüino, biguá, entre los fácilmente capturables; quizá gaviota, loro, etcétera.
(16) El guanaco es frecuente en la costa marina, en donde llega a veces a abrevar directamente en el mar (se lo ha visto hacerlo en el golfo de San Jorge). Lo mismo cuises, ratones varios, a partir del tucotuco; probablemente el pecarí, etcétera.
(17) Hay que agregar a la lista anterior el ciervo pampeano, la mara, los armadillos y los felinos (puma, yaguar, gatos) y zorros; el zorrino. El puma es denominado “león”, el yaguar “tigre”. La presencia de este felino al sur del río Negro está atestiguado por la toponimia, el cancionero sagrado, etc.
(18) Y así la lista de especies útiles se integra con el algarrobo, chañar, piquillín, jarilla y varios otros arbustos proveedores de frutas, resinas, bulbos y raíces, madera, simplemente leña, etcétera.
(19) Perca, pejerrey patagónico, bagre…
(20) Almejas, mejillones, caracoles.
(21) Ha de agregarse, por lo pronto, el avestruz; las martinentas y perdices; otras aves, incluido el cóndor. Entre los mamíferos, la nutria, la vizcacha, el “lobito de río”. Reptiles como la tortuga terrestre, etcétera-
(22) El sauce llamado “colorado” (Salix humboldtiana) es endémico. Existía en el río Negro, denominado precisamente “río de los Sauces”, en el río Chubut, y hacia el norte en el colorado (amén de los cursos de la provincia de Buenos Aires).
(23) Se encuentra un dato histórico en el texto acerca de la presencia de viviendas hechas con ramas en el río Negro ( y en el Chico de Chubut). Los sauces podían proveer madera para eventuales embarcaciones a lo largo de un buen trecho del litoral bonaerense-patagónico. Además, un elemento infaltable es la totora, los grandes juncos.
(24) La lanza se denomina waik, lisa y llanamente “sauce” en tehuelche septentrional, lo que me ha hecho pensar a ratos en replantear el origen de esta arma, tan empleada en toda la Patagonia y la Pampa… amén de la Araucanía. Es que en araucano, precisamente, se denomina waiki (aunque es cierto que hay un sinónimo rüni, nombre de la caña colihue). Véase nota 207.
(25) Menciona para el Chubut una convulvácea que da tubérculos de gran tamaño. (Para tubérculos, raíces, rizomas, en general, véase Vignati, “El pan…”; mi trabajo sobre toponimia de Chubut).
(26) En cuanto a aquél. Se trata del género Pecari, hoy restringido al norte de la Argentina. A su presencia obedecen los nombres de “isla Jabalí”, en el sur de Buenos Aires, “ruta del Chancho”, que unía al río Negro con Valcheta, etcétera. Moerno, en uno de sus viajes tempranos, vio toda una población de estos animales sobre el lago Nahuel Huapi (1876). En cuanto al huemul, género Hippocamelus, es especie de distribución anida y precordillerana hoy reemplazada por el ciervo rojo, importado. No confundirlo, como es habitual, con el ciervo pampeano, Blastocerus.
(27) Roble, alerce, maque, chaura, calafate, duraznillo, chay, murta, caña colihue varios hongos; etcétera.
(28) Véase la nota número 9. A estos recursos litorales hay que agregar los que proveían las lagunas temporarias (Claraz narra que los indígenas sabían, por algunas cercanas al valle de río Negro, si la travesía “del Chancho” era practicable), y, con enfoque cultural puro, la utilización del líquido amniótico de la guanaca preñada en casos extremos. Los tehuelches, en cambio, llevaban consigo muy poco agua, en recipientes de cuero.
(29) Salía de la localidad actual de Río Colorado –y pasaba por un famoso “árbol del gualicho” e iba a dar al punto hasta hoy denominado “Boca de la Travesía”.
(30) Fue recorrida por Musters, Moreno, Lista… He dicho más atrás (nota 26) que su nombre no se debe a la presencia del chancho común, doméstico, o del jabalí, de origen europeo, sino directamente del pecarí, endémico. Es fama que el jabalí fue introducido por Pedro Luro, tardíamente.
(31) Recorrida por Ibáñez, de las tropas de Rosas, Jones, Claraz, Moreno, Burmeister… Sumaba unos 115 km sin agua, que los indígenas transportaban en bolsas de cuero.
(32) Los parajes mencionados figuraban en los mapas. Los daos no aparecen prácticamente en la bibliografía y los agradezco a mi informante tehuelche José María Cual, de Gan Gan, Chubut.
(33) Su existencia fue documentada por primera vez por el viajero coleccionista De la Vaulx, francés, quien recorrió, ¡en carro! Buena parte de la Patagonia poco antes de fin de siglo.
(34) Recorrida en buena medida por Musters; por Roa, Oliveros Escola, oficiales de los cuerpos australes del ejército expedicionario “al Desierto” (1882); por el norteamericano Bailey Willis en los primeros lustros del presente siglo.
(35) Recorrida por Claraz (1865-66) y por Moreno (1879-80).
(36) Es persistente una sierra llamada “de San Antonio”, que parece desmembrarse tardíamente, en la cartografía, en las otras aludidas, o parte de ellas.
(37) Coincide groseramente con la actual ruta nacional n°3. Por ella transitaron viajeros como Jones, Lista, Burmeister… Véanse los trabajos de Deodat y Rey Balmaceda, de Ezcurra, y los comentarios al respecto en el presente texto.
(38) Se hacen muchas referencias a la tarea científica de Harrington en este texto. Fue un maestro de escuela pionero en la Patagonia: entre los años 1914 y 1918 alfabetizaba con un sistema de escuela ambulante, en el corazón de Chubut (Gan Gan-Carhué Niyeo, etcétera). Los datos consignados fueron comunicados por carta personal; el lector encontrará las referencias, y otras, en mi trabajo específico sobre el guanaco.
(39) Claraz, profusamente citado en el texto, brillante naturalista suizo que se adentrara en el corazón de Río Negro y Chubut en 1865, trazó una frontera entre dos provincias zoogeográficas y fitogeográficas en el centro-este de Río Negro, en relación con el umbral fisiográfico y altitudinal conformado por la meseta del Somuncura. Varias especies desaparecen o se transforman según se avanza al sur o al norte de este umbral. Entre ellas, Claraz alude a las formas de “vizcachas”, la común o género Lagostomus, y la “de la sierra”, Lagidium. En cuanto a aquélla, en verdad, sólo pasa tímidamente en el curso del río Negro hacia el sur. Ésta, la forma austral, es la que aparece en la toponimia: sendos parajes de Pilquín Niyeo, uno sobre el río Limay y otro en el centro-sur de Río Negro, en araucano, en que pülkiñ es el nombre del mamífero; ngüyeu es “allí hay…”. El segundo paraje traduce al tehuelche septentrional, más antiguo, yamürwa yamgüjücháwütr “para pegar a los pilquines”, nombre este último popular, derivado del araucano, para designar a la “vizcacha de la sierra” (mal llamada, además, “ardilla”). El topónimo refleja el interés cultural, de presa, del pequeño mamífero: lo cazaban a palos y pedradas.
(40) Los armadillos patagónicos, “piche” (¡no “pichi”!), género Zaedyus, y “peludo”, Chaetophractus, pertenecen al orden endémico, sudamericano, de los Desdentados o Edentados: sus antepasados más antiguos conocidos datan del Terciario inferior, hace cosa de 55 millones de años, y seguramente son más antiguos. Los antepasados de las maras, o roedores arcaicos, son también antiguos en el suelo de América del Sur, pero sus raíces no sobrepasan el Terciaron inferior-medio. Salvo los desdentados, que son placentarios, y los marsupiales (“comadrejas” y allegados), el resto de los mamíferos sudamericanos actuales es alóctono. De entre ellos, los roedores primitivos y los antepasados de los monos son inmigrantes tempranos, pero el resto es de origen tardío: pasaron por el puente constituido por el levantamiento del puente de América Central, conformado a partir de unos 5 millones de años atrás. El “avestruz”, dos géneros (Rhea y Pterocnemia, aquél pampeano y con una tímida penetración en el noreste de Río Negro, al sur del río epónimo, y éste propiamente patagónico) englobados bajo este nombre popular –el de “ñandú”, que prefieren los puristas, no se usa en la Patagonia- es igualmente muy antiguo en la América del Sur, un ave corredora del grupo de las llamadas “primitivas” –emparentada lejanamente, por lo demás, con las tinamiformes o “martinetas”. (41) Se trata de una caza menor y recolección, practicada especialmente por las mujeres y los niños, pero su papel en la dieta no era despreciable.
(42) Las “escobas” domésticas eran provistas por la “pichana” o “pichanilla”; la raíz de la “uña de gato” (género Nassauvia) proveía la materia prima para las escobillas utilizadas como peines. El “calafate” o “michay” daba, aparte de su excelente fruta, verdadera golosina estival de los niños patagónicos en el presente, madera para los astiles de las flechas. La resina del “molle” se utilizaba para adherir la piedra a la madera, casualmente en las flechas, raspadores de cueros, etcétera, y como “goma de mascar”. Hudson, en un bello libro, ha relatado minuciosamente la técnica de preparación de esta “goma”. Para los usos tintóreos de las plantas véanse los trabajos de Biglione.
(43) Hay un trabajo especial de Deodat sobre los usos de las valvas, que proveían recipientes para pintura, materia prima para cuentas, “tembetás”, etcétera.
(44) Aludo a topónimos tales como Coloco, “aguada de la tierra roja para pinturas”, Colo Niyeo, “donde la hay…”, Lemzá Niyeo y Yamá Niyeo, que alude a sendas tierras de idéntica finalidad, Malloco, o “aguada de la caliza (blanca)”, Comallo (kum-malló), o “caliza rojiza”; Carhué Niyeo, o “donde hay caliza o toba”; etcétera etcétera, nombres araucanos de Río Negro y Chubut –que son traducción de otros tantos nombres tehuelches septentrionales.
(45) La tierra de pinturas entraba en la composición del pegamento que adhería la piedra a la madera, posibilitando así el enmangado de las puntas de flecha, raspadores, etcétera. Otros ingredientes eran la resina y la bosta de animales. La pintura corporal era eficaz contra paspaduras y cumplía, además, el papel de higienizador de la piel al ser desprendida mediante frotación.
(46) Preguntado José María Cual, mi máximo informante tehuelche septentrional, en Gan Gan, Chubut, en los primeros años de la década del 50, por la procedencia del fragmento de mineral de hierro que yo había puesto en sus manos (una bola de boleadora fragmentada; el informante era ciego…), me dijo que “los antiguos” lo traían de Payán Niyeo, en el Senguer, Chubut, o bien… ¡de Sierra Grande!, provincia de Río Negro. Por esos años, piense el lector, hacía muy pocos que había trascendido el descubrimiento de Novillo, que revelaría al mundo uno de los mayores yacimientos de material ferroso de América del Sur. Los tehuelches, desde luego, lo conocían y beneficiaban –aunque hay que apresurarse a aclarar que a la manera de una roca común, para confeccionar boleadoras; parece innecesario aclarar que los cazadores patagónicos estaban muy lejos de conocer la técnica de la metalurgia.
(47) El nombre –como toda la toponimia rionegrina y chubuteña en general- araucano, o mejor dicho araucanizado, tiene por modelo a uno tehuelche septentrional más antiguo: káchwa a súwun allí hay káchwa, es decir “baritina”. Muchos años pasé hasta conseguir una muestra del mineral, que reveló que no se trataba de cuarzo blanco, como pensaba Harrington y aceptara yo. Hoy se explotan algunos de estos yacimientos, ubicados entre Gan Gan y Gastre.
(48) Llimeñ Niyeo significa “allí hay lajas”, nombre este último reservado casi siempre para areniscas lajosas, que proveen una excelente piedra de afilar. Gaiman alude a otra arenisca, muy bien representada en la zona, con idéntico uso. Aquella voz es araucana, ésta tehuelche.
(49) Queupú Niyeo, en el centro de Río Negro, y un paraje homónimo en el noroeste de Chubut, aluden a la presencia de sílices para la confección de artefactos; keupü se las denomina colectivamente en araucano.
(50) Estas tierras jabonosas reciben el nombre de küllay en araucano, el mismo que la especie vegetal que provee un pasable “jabón” en la Araucanía chilena.
(51) El viajero Claraz, que el lector encontrará largamente citado en el texto, sufrió penurias terribles por la falta de sal; en definitiva las superaron gracias al descubrimiento de esta sal de las rocas. Por su ubicación era considerada como “sal del gualicho” por los indígenas tehuelches, según consigna Harrington; señala que los indígenas la consideraban, paradójicamente, más “dulce” que la sal común, de salina.
(52) Se buscaban rodados globosos (por razones físicas de conservación del calor) y rocas tenaces, para que no estallaran. He dedicado un trabajo especial al tema.
(53) Hasta el día de hoy se conserva la costumbre, entre indígenas de Chubut, de dar a los chicos raspadura de huesos petrificados de mamíferos, con agua, con finalidad terapéutica, o más bien preventiva, salutífera: se trata de los huesos del esqueleto del gualicho…

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